Chapter 1: JUAN DE LA REINA
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CAPÍTULO I
JUAN DE LA REINA
Juan solía perder cosas.
Los lápices, los carritos que su padre le obsequiaba… una vez perdió una de sus zapatillas de futbol que Juan juraba haber guardado en su mochila pero que nadie nunca pudo hallar.
Ese día su padre le reprendió.
Pero mamá le revolvió el cabello y le dijo que podía perder la cabeza si no la tuviera pegada al cuerpo. Lo dijo riéndose, como si perder cosas fuera una especie de talento secreto.
Y por eso Juan no entendió lo de “lamento tu pérdida”. Una frase que había escuchado una y otra vez los últimos días.
Porque las cosas que perdía, tarde o temprano, volvían a aparecer.
Debajo de la cama.
En los recovecos del sofá.
En la mochila equivocada.
A veces tardaban, pero siempre aparecían.
Juan tenía nueve años, pero ya sabía algunas cosas.
La más importante, que su madre no volvería a revolverle el cabello ni volvería a escuchar su risa.
*****MF*****
El coche se detuvo frente a una casa enorme. Con reja negra y árboles desnudos que parecían brazos huesudos levantados. El cielo estaba gris, como si también le pesara la mudanza.
La puerta del coche se abrió.
—Llegamos.
La tía Marta tenía los ojos más azules que Juan hubiera visto, azules y fríos. Severos, también, como si supieran el orden exacto de cada cosa.
Juan tomó su mochila, con fuerza, porque ahí llevaba lo más importante.
Su inhalador.
El pañuelo que aún olía a mamá.
El reloj de papá.
Su iPad.
El cómic de Supergirl.
Y una foto de él y sus padres donde todos sonreían.
No necesitaba más.
Siguió a su tía por la casa y luego escaleras arriba. Ella caminaba recta, con las mangas remangadas. Sus brazos eran delgados, muy pálidos, se veían tensos, como los de alguien que siempre estaba lista para cargar algo pesado.
Juan no estaba seguro de qué.
Intentó recordar momentos con la tía Marta, pero no lograba encontrar un buen recuerdo. Recordaba los calcetines feos que le obsequió dos Navidades atrás o cómo su camioneta aplastaba, en cámara lenta, su bici nueva un día que llegó a visitar a mamá. También recordaba que siempre se llevó mejor con la prima Julia, aunque Juan suponía que eso se debía a que Julia era hija del tío Jesús, hermano de la tía Marta, mientras que su padre era sólo el primo de ellos.
Quizás había niveles en el amor.
Como en los videojuegos.
Eso explicaba por qué papá siempre le decía “solterona” a la tía Marta.
Juan aún no entendía que significaba la palabra pero no sonaba bonita y aunque mamá le había tapado los oídos, también había escuchado la palabra “degenerada”.
Tal vez por eso la tía Marta no le quería.
Ambas palabras juntas no sonaban para nada bien y Juan se prometió nunca decirlas en voz alta.
—Esta es tu habitación.
La habitación era grande. Demasiado grande con una cama, una mesa de noche, un armario y un escritorio.
Y mucho, mucho espacio.
El silencio fue raro hasta que la tía volvió a hablar:
—Iré a preparar la cena.
La puerta se cerró.
La madera crujió cuando Juan dio un paso. Fue hasta la ventana, la abrió, luego la cerró, quería asegurarse de que pudiera abrirse.
Era muy importante que pudiera abrirse.
Se sentó en la cama.
Sacó la foto de su familia y la puso en la mesita.
Después el cómic.
Supergirl Vol. 2.
Papá decía que Superman era mejor. Que los niños debían admirar al hombre de acero.
Pero Superman parecía un señor.
Supergirl no.
Supergirl era valiente, tenía un buen golpe.
Y mamá le había dado el cómic.
Mamá.
De pronto el silencio era muy pesado.
Juan decidió encender el iPad.
*****MF*****
La tía Marta volvió por Juan para cenar y él bajó con el iPad pegado al pecho.
Era sábado.
Y los sábados eran noche de hacer pizza.
Siempre.
Pero en la mesa había pescado, ensalada y una salsa oscura que parecía importante.
Juan miró el plato como si fuera kryptonita.
Se sentó.
El silencio se parecía a cuando papá alzaba la voz más de lo normal y mamá parecía triste. A veces ese silencio mejoraba con el olor del queso derretido y como Juan siempre ayudaba a mamá a preparar la pizza.
Era cuando comenzaban las risas.
—¿Te gustó la habitación? —pregunto la tía Marta.
Juan se encogió en hombros.
—El lunes iniciaras en el colegio de San Patricio. Tus tíos, Jesús y Andrés, y yo fuimos ahí, así que es como una tradición familiar.
Tradición.
Juan no estaba seguro de querer formar parte de esa tradición porque era sabido por todos que ser el nuevo y, sobre todo, con el año ya empezado era lo peor que podía ocurrir.
Peor que perder una zapatilla de futbol.
La tía Marta preguntó más cosas: si sabía que vacunas tenía, si era alérgico a algo, cuál era su materia favorita.
Juan no tenía ganas de responder, así que encendió el iPad y continuó mirando el capítulo ocho de la segunda temporada de Supergirl, donde Lillian Luthor se revela como la villana.
—Juanito, el iPad está prohibido en la mesa.
Era sábado.
Si no había pizza, al menos podía haber Supergirl, ¿no?
—Juan, guarda el iPad —advirtió su tía una vez más.
A su pecho llegó la sensación de echar de menos la cocina de su casa, el olor, el calor… a su mamá.
Sintió que un nudo se le formaba en la garganta.
Su padre le había dicho que los niños no debían llorar, pero Juan de verdad quería llorar, quería volver a Madrid, a su casa, con Tere y que sus padres volvieran, que nadie hubiera bajado las cajas a la tierra, que tocaran el timbre y dijeran que todo había sido un error.
Que el sábado de pizza seguía siendo de pizza y no de ese apestoso pescado y esa salsa salada.
—Juan, no lo voy a repetir.
El chillido de las patas de la silla sobre el piso pulido lastimó sus oídos.
Pero a Juan no le importó, porque no quería estar ahí. No quería estar con la tía Marta que quería más a Julia; no quería vivir con la tía Marta que aplastó su bici y la reemplazó con una de color azul cuando su color favorito era el verde; no quería estar con la tía Marta que no entendía que sus padres estaban muertos y los sábados eran noches de pizza y tele.
La tía Marta no entendía que Juan quería llorar y que su madre le abrazara y le dijera que todo estaría bien.
Pero esa noche sólo hubo sollozos y su única compañía fue Supergirl.
Continuará...
Chapter 2: MARTA DE LA REINA
Notes:
N/A: Holaaaaa... empezamos con el Domingo De Alba Brunet? Este capítulo debió subirse la semana pasada pero no se pudo por razones varias. Pero ya estamos por acá , ahora, desde el POV de Marta.
Como siempre, no puedo dejar de agradecer que me lean y, pues nada. Empecemos :D
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CAPÍTULO II
MARTA DE LA REINA
Marta de la Reina era la clase de mujer que podía lanzar una campaña global, reposicionar una marca en crisis y cerrar un trato millonario, todo en la misma semana. No era exageración ni vanidad. Había sucedido hacía apenas un par de semanas atrás.
Los niños, descubrió con incomodidad, no respondían a planes estratégicos ni a las metas de mediano y largo plazo.
Tampoco entenderían como su vida entera estaba construida sobre tres pilares: estructura, reglas y disciplina. No eran conceptos abstractos, sino herramientas aprendidas tempranamente, cuando crecer entre dos varones en permanente competencia le obligó a madurar antes de tiempo.
Pero Marta de la Reina no lloró, no exigió, no fue caprichosa…
Marta de la Reina aprendió a optimizar desde joven.
Y estaba en paz.
Porque la terapia ayudaba.
El box también.
A los cuarenta años, con una impecable trayectoria, había alcanzado los éxitos más valiosos que cualquier ejecutivo podría ambicionar. ¿Por qué? Porque cada decisión había sido medida, calculada y ejecutada. Y todo porque, durante treinta y cinco años, había seguido un plan.
Por eso resultaba ligeramente irritante que un niño de nueve años, recluido tras una puerta blanca desde la noche anterior, estuviera desestabilizando todo el sistema.
Quince horas sin ingerir alimento.
Marta miró su smartwatch.
—Begoña me mataría —murmuró.
No era del todo cierto. Begoña ni siquiera le habría reprochado nada. Le habría mirado con esos ojos enormes de venado y le habría dicho algo devastadoramente amable.
Lo cual, en ciertos contextos, era peor.
Y ahí estaba ella.
Llevaba cuarenta y cinco minutos frente a la puerta.
Cuarenta y cinco.
Había dirigido juntas más complejas y exitosas en menos tiempo. Así que carecía de sentido no poder simplemente hacer que su sobrino saliera de esa habitación. Después de todo, ella era la adulta. La figura de autoridad.
El manual de crianza descargado de un sitio especializado era claro: límites firmes, coherencia y nada de dispositivos electrónicos en la mesa.
El manual no especificaba qué hacer cuando el menor se portaba indiferente y dejaba de hablar.
Marta supuso que su terapeuta podía recomendarle a otro terapeuta para Juan.
Y Marta suponía que su severidad sería uno de los primeros temas que Juan, si llegaba a emitir palabra, comentaría en terapia.
Marta inhaló lentamente.
Si era totalmente honesta, Juan nunca fue particularmente comunicativo con ella. Un escueto “hola” cuando Marta visitaba a su madre, siempre con la mirada esquiva y una distancia prudente. Usualmente detrás de Begoña.
Y sí, estaba el tema de la Range Rover y la bicicleta.
En su defensa, Begoña le había llamado después de otra pelea con Gabriel. Marta no pudo ignorar una llamada así. No cuando el silencio del otro lado pesaba más que cualquier llanto y una bicicleta.
Ahora estaba en un delicado predicamento porque le había elevado la voz a un niño que había perdido a ambos padres.
Eso había sido algo… insensible.
Marta se pasó la mano por el cabello con un gesto contenido.
—¿Qué clase de monstruo soy? —murmuró con sequedad.
No había tiempo de justificarse.
Tenía que sacar al niño de esa habitación sin parecer autoritaria.
Golpeó tres veces con suavidad.
—¿Juanito?
Silencio.
Tomó el picaporte.
Se detuvo.
Irrumpir en un espacio que el niño seguramente no sentía aún como suyo podía ser contraproducente.
La confianza no se impone. Se construye. Eso había leído en uno de los libros de Alberto Soler.
—Juanito, yo…
No estaba acostumbrada a dejar las frases inconclusas.
Necesitaba encontrar el gancho perfecto para que el niño saliera por propio pie. Mantener la situación funcional. Y la más importante, tenía que mantenerlo vivo.
No como las suculentas que se le habían secado. Lo cual, en teoría, era casi imposible.
Pero Marta era experta en hacer que las cosas imposibles sucedieran.
Y esta no iba a ser la excepción.
—¿Te gustaría visitar a Luz?
Hubo un leve movimiento. La puerta se abrió apenas un poco y la franja de luz iluminó el rostro del niño. Sus ojos grandes, idénticos a los de Begoña, se notaban cansados y desconfiados.
Juan no habló.
—¿Te gustaría? —repitió Marta, modulando la voz con el mismo cuidado con el que negociaba con clientes delicados.
Un leve asentimiento.
Bien.
Eso fue un avance.
—Perfecto. Cámbiate y nos vamos.
La puerta se cerró con suavidad. Marta permaneció ahí un segundo más, resistiendo la tentación de apoyar la oreja contra la madera.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Marta de la Reina no tuvo un plan.
Y eso le asustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
*****MF*****
—Oye, Juan, ¿quieres ir a jugar videojuegos? —preguntó Luis después de un desayuno que había consistido en churros y ColaCao para Juan, y un simple café para Marta.
No obstante, la rubia había estado observando con alarma y resignación el desayuno de su sobrino y se tuvo que morder la lengua para evitar comentar sobre los videojuegos.
Porque azúcar más pantallas era igual a demasiados estimulantes para un niño.
Hizo una nota mental para recordar llevar a Juan al oftalmólogo y, tal vez, también con el nutricionista.
Por si acaso.
—Tienes que dejar de preocuparte tanto.
La voz de Luz le sacó de sus cavilaciones sobre los posible daños en el páncreas de un niño con toda esa azúcar procesada.
Luz, como doctora, debía entenderla, ¿no?
Marta miró con detenimiento a su amiga.
Luz tenía los ojos hinchados, la piel ligeramente apagada. Era evidente que había llorado. Mucho. Lo que no era una sorpresa.
Begoña y Luz eran las mejores amigas. Con un nivel de entendimiento e intimidad peculiar y Marta, que había visto la interacción, a veces sentía que cualquier descripción sobre su relación se quedaba corta.
—Te estás volviendo a disociar —comentó la morena con una sonrisa pequeña.
Marta tomó la taza frente a ella y dio un breve sorbo.
—No tengo idea de qué estoy haciendo— admitió con sequedad—. Ayer lo reprendí por usar el iPad en la mesa y ni siquiera probó el pescado. Tampoco yo después de eso.
—Los sábados son noche de pizza.
Marta frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Sábados de pizza. Siempre —los ojos de Luz se nublaron un poco ante el recuerdo—. Begoña preparaba la mesa con todos los ingredientes, Juan se encargaba de los toppings. Hacían dos o tres y, luego, una película o una serie.
Ah…
—Con razón estaba molesto.
—Ahora ya lo sabes.
Marta se sobó las sienes.
—La realidad es que no sé nada, Luz. No sé cocinar. Ni siquiera recuerdo cuál fue el último videojuego que jugué o la última película que vi. Ni siquiera sé hablar con él sin sonar como una total cretina.
—No necesitas saberlo todo hoy, cariño.
Marta sintió la tibieza de la mano de Luz rodear la suya y fue bastante reconfortante.
—Sabes que cualquier cosa que necesites, estoy a una llamada de distancia.
Marta asintió con cierta reticencia, porque si tenía claro algo era que Luz habría sido una mejor opción para la tarea de criar a un niño. Ella era más paciente. Más constante.
Más presente.
Y Luz siempre había estado ahí para Begoña.
Pero Gabriel siempre fue un obstáculo y ese hombre desconfiaba de cualquiera que no pudiera controlar.
Así que claro, Gabriel jamás habría permitido que su primogénito varón terminara al cuidado de una feminista como Luz Borrell.
Y Andrés, su hermano, nunca fue una opción por tener una historia con Begoña.
Marta fue la única alternativa.
—Anoche no dormí —dijo finalmente—. No dejo de pensar que soy la persona menos óptima para cuidar de un niño. Que, de alguna manera, Begoña se equivocó al elegirme.
Luz le miró de frente.
—No lo hizo.
Marta dejó escapar una risa frustrada.
—No soy precisamente maternal.
—Pero es que nadie nace sabiendo ser madre o padre.
Eso la desarmó un poco más de lo que le gustaría admitir.
—Eso ya lo sé, pero… —Marta miró hacia la dirección por la que Luis y Juan se habían ido— Juan lleva días sin emitir palabra… desde el funeral de sus padres, para ser exactas.
Luz guardó silencio por unos segundos. Fue un momento solemne, porque Marta pudo observar en sus grandes ojos marrones un atisbo de vulnerabilidad.
—Marta… —sus ojos se llenaron de lágrimas— es luto. Si para nosotros es duro, para él debe ser insoportable, porque todo su mundo se transformó de un momento a otro. Perdió a su madre y a su padre al mismo tiempo.
El peso del silencio cayó sobre ellas.
—Mañana empieza en el colegio nuevo. No sé si está preparado.
Luz sonrió como si tuviera respuestas para todo.
—Juan es listo y ese colegio pomposo donde tú, Luis y los demás asistieron es de los mejores. Estoy segura que lo van a orientar.
Marta frunció un poco los labios mientras que, desde otra habitación, se podía escuchar la melodía pegajosa de la versión antigua de Pokemon y la voz animada de Luis diciendo que Squirtle era el mejor.
Y, una vez más, Marta dudó cuán cualificada estaba para criar a un niño como Juan, porque no podía recordar si Squirtle era la tortuga o el pato con jaqueca.
Como la que ella comenzaba a experimentar.
Continuará...
