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golpe de suerte

Summary:

Lautaro y Manuel terminaron de quebrar su relación no mucho después de que el rubio se pusiese de novio. Pero, la gente suele decir, que si no se aprende de los errores, la historia está destinada a repetirse.

o;

Manuel y Lautaro tienen la mala suerte de que sus hijas van al mismo colegio, haciéndolos conectar una vez más.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: primer día

Notes:

holis, vengo una vez más con otra fic, prometo no hacer como siempre y esta si terminarla !

esta historia la tengo planeada hace bastante y la verdad tiene un lugar muy lindo en mi corazón, espero que puedan leerla y disfrutarla tanto como yo escribirla <3

como siempre amo todos sus comentarios y son muy bien recibidos. las quiero mucho

Chapter Text

Manuel no podía tener más mala suerte porque no le cabía en el cuerpo. 

Durante su vida, nunca se había considerado un tipo suertudo ni tampoco se había puesto siquiera a considerar si lo era o no, siempre había pensado que las cosas que tenía era porque no descansaba hasta alcanzarlas. 

Pensaba hasta el cansancio como conseguir lo que quería, se quedaba despierto noches y días tratando de hilar planes a la perfección para que todo vaya exactamente como él quería. La gente podía llamarlo manipulador, sí, pero nunca le había fallado. Así había sido con todas las cosas de su vida, con el stream, con su carrera y con todo lo que había logrado en sus cortos 30 años de vida. 

Claro, no se esperaba que en sus planes hubiese sorpresas. Por alguna razón, pensó que siempre iba a salir todo como él quería, que la vida seguiría el compás que él había trazado con cuidado. No había considerado el tema de su mala suerte, que ahora aprendía que tenía algún peso. 

Se rió de sí mismo. De todas las formas en las que pensó que podía terminar, esta opción no estaba en ninguna. 

Solo una vez la vida le había perdonado su condición de mal augurio en los últimos años, regalándole la razón por la que ahora revolvía la chocolatada con cuidado a las 7 de la mañana. El departamento estaba en silencio y el sol brillaba en lo alto del cielo, no había nubes y el calor todavía se sentía. Tomó un sorbo de su té mientras abría la alacena viendo que podía encontrar para completar su desayuno, encontrando un paquete de galletitas con chispas de chocolate que sabía que lo harían lograr su cometido. 

Sonrió con maldad, colocando la taza de Hello Kitty en la mesada, junto con un plato de galletitas. Dejó su propia bebida al lado de la otra y salió de la cocina, encaminándose hacia el pasillo. Empezó a tararear una canción que sonaba en el televisor de algún dibujito que no conocía, y se acercó al cuarto que tenía la puerta cerrada. 

Se aclaró la garganta, asegurándose que se escuchara del otro lado. Sonrió cuando no hubo respuesta. Abrió despacito y observó dentro, donde la luz se colaba por las cortinas blancas, y un cuerpecito descansaba en sus sábanas de Spiderman. 

Se quedó parado en la entrada del cuarto, de brazos cruzados. Vió unas manitas cubrirse más con la sábana, hasta que se tapó por completo los cabellos oscuros. 

—Justi. 

Silencio. Se acercó más y se sentó en el borde la cama, observándola como se enterraba más en las frazadas, fingiendo que todavía dormía. Quiso reírse, pero se aguantó. Acarició con suavidad a Tomi, el gato negro que dormía a los pies de la cama. 

—Justina—Nada. Agradeció durante su juventud haber practicado sus tácticas de mentiras, porque la actuación siempre le salía perfecta—Bueno, como Justina no está, le voy a tener que dar las pepitos que compré a otro nene. 

Como acto de magia, el pequeño cuerpo se destapó hasta mostrar sus ojitos adormilados. 

—¿Pepitos? 

—Sí, pero seguro que al vecino le encantan. 

—¡Papi, no!¡A mí me gustan!—dijo, destapándose y terminando por sentarse en la cama. 

Y ahí estaba, la razón de todas sus sonrisas y de sus malhumores. Con hermoso cabello castaño, brazos delgaditos y esos ojos con pestañas tupidas, su hija era como verse a un espejo. La única vez que la vida le había regalado un golpe de suerte. 

—¡Ah, Justi! Pensé que te habías ido, mi amor, como no contestabas—dijo, sarcástico. Su hija no solo era su imagen exacta, sino que también compartía su mismo humor. Se rió y se acercó a él, agarrándolo por las mejillas. 

—Papi, estás loco, ¿a donde me voy a ir? Tengo cinco. 

—Capaz había venido un monstruo y te había llevado—dijo, hundiendo sus dedos en sus costillas, haciéndola reír—Tengo unos que me deben un par de favores, en una de esas había tenido suerte. 

—¡Papá! 

—Pero no hubo suerte, che, así que una que yo sé va a tener que ir al cole hoy. 

Justina se escondió en su hombro, balbuceando cosas inentendibles. El ambiente cambiando drásticamente ante la palabra prohibida por los últimos 3 meses. Pasó sus brazos por su cuello, y Manuel la acercó en un abrazo, mientras sobaba su espalda con cariño. 

—¿Qué pasa, preciosa?—solo recibió más palabras sin sentido—Justi, dale, amor, contame bien que pasa así podemos solucionarlo entre los dos. 

Su hija lo observó a los ojos, dos iris casi iguales encontrándose. 

—Es que no quiero ir, papi. 

—¿Cómo que no? Es el primer día. 

Sabía a lo que se refería su hija, pero aún así pretendió no hacerlo, esperando que ella se expresara como quisiese—: Pero no conozco a nadie. Voy a estar sola—susurró. 

A Manuel se le rompió el corazón. Podían ser iguales en el exterior, pero el corazón de su hija latía de manera distinta al suyo. La castaña era vergonzosa y extremadamente tímida, todo lo contrario a él. Le costaba relacionarse y los cambios de ambientes, así que cuando se enteró que no iba a seguir con los mismos compañeros de jardín en el primer año de primaria, no había dejado de pensar en que tendría que conocer gente nueva desde el fin de clases del anterior año. 

Manuel  odiaba hacerla pasar por esto, pero según la psicóloga infantil del jardín, era algo fundamental para su crecimiento; tenía que relacionarse y experimentar el mundo en situaciones desconocidas. Además de su timidez extrema, era sumamente pegada al morocho, siendo su padre su único amigo, por lo que Manuel tenía la esperanza de que eso cambiara hoy. Pero suponía que actuar de esa forma era lo normal cuando tu mamá te abandona a los 2 años, borrándose de la faz de la tierra sin ninguna explicación. 

Le había avisado desde el momento en el que había tomado la decisión, dejando que se tome el verano para asimilarlo. No había funcionado del todo, viendo que la pequeña estaba aferrada con manos y pies a su cuerpo. 

—Justi, no tenés que estar preocupada, mi amor. Va a haber muchos nenes que no conocen a nadie, todos van a querer hacer amiguitos. 

—Yo no. 

Bufó. Claro, se olvidaba que su hija no era solo tímida sino que también malhumorada, lo que sí lo había heredado de él. 

—No seas así, mi amor.— pensó por un momento, con el premio perfecto en mente—Te digo algo, si vas más contenta, después del cole vamos a lo del tío Santi. 

—¿¡En serio?!

—Sí, pero no quiero berrinches, eh. 

Negó con la cabeza repetidamente tantas veces que temió que se quedara con dolor de cuello. Se levantó emocionada de su regazo, y buscó su uniforme en su ropero, donde yacía en una percha, un poco desordenado. 

—Apúrate que te esperan las pepitos—le dijo, antes de irse hacia la cocina, ignorando su gritito de emoción. Además de todas sus cualidades, su hija también era fácil de convencer. 

Apareció con su pollera azul, su camisa abrochada un botón más arriba de lo normal, y la corbata en el cuello sin hacer, la mochila colgada de un hombro. Se trepó del asiento que estaba junto a la mesada, engullendo galletitas y chocolatada como si fuese una muerta de hambre; sonrió, si no fueran iguales, Manuel dudaría solo por su forma de comer. 

Se rieron y miraron dibujitos mientras el morocho terminaba su té y Justina terminaba de acomodar sus útiles que tenía desparramados por el departamento. Manuel le acomodó la camisa y le hizo el nudo de la corbata con suavidad, escondiendo su collar dentro de su ropa. 

—Ju, cuidado con la cadenita, amor, no la pierdas—La morocha asintió, tomándola entre sus dedos con cuidado como siempre hacía que estaba nerviosa—A ver, una fotito para la abuela. 

Se alejó con el celular en la mano, y Justina sonrió, mostrando la mochila que le había comprado su abuela con orgullo. Sacó la foto, pero antes de enviarla a su madre, notó alto raro en los pies de su hija. 

—Justina, esas no son las medias del colegio. 

La castaña sonrió y puso esos ojos irresistibles formando un puchero en su boca—:Pero, papi, ¡son de Spiderman!

Negó con la cabeza, mientras le acariciaba el cabello ahora peinado en dos trenzas—: Dale, vamos. Me vas a sacar canas verdes. 

Corrió emocionada por salirse con la suya, como solía hacer casi siempre. Manuel se decía a sí mismo que no era un padre permisivo, pero la realidad es que era una mentira; esperaría una notita en el cuaderno de su hija sobre sus medias si eso significaba verla con esa sonrisa en la cara.

Cuando ponía esos ojos de bambi perdido, le asustaba, lo mucho que lo hacía recordar. Porque, Justina tenía su sonrisa y sus ojos, el pelo largo y castaño de su madre, pero su personalidad le pertenecía a alguien el cual Manuel prefería no acordarse. Se preguntaba si de tanto pensar en él, de alguna forma se lo había pasado mentalmente. 

Sacudió sus pensamientos, y siguió a su hija hasta el ascensor, poniendo la mochila en su hombro y la mano de Justina en la suya. 

El camino hasta la escuela era corto caminando, y disfrutando del clima que todavía hacía, podían llegar en 10 minutos y tomar un poco de sol. Fueron tranquilos, charlando activamente de cualquier cosa, Justina balbuceando de los pájaros y las figuritas que pegaría cuando llegara a la casa de Santiago, que siempre la esperaba con el álbum en la mesa y los brazos abiertos. 

Cuando llegaron al colegio, Manuel la acompañó hasta el aula y saludó a la profe, la cual ya conocía de la reunión que habían tenido antes. Trató de ignorar como ésta le hacía ojitos. Podía sentir como Justina había apretado más fuerte su mano cuando entraron y como observaba con cara de pocos amigos a los alumnos paseando por el pasillo. Se arrodilló para quedar más a su altura y le acarició la mejilla. 

—¿Te vas a portar bien?—la pequeña hizo una mueca, sonriendo con malicia; Manuel la pinchó con el dedo, haciéndola reír—Como no te vas a portar bien si sos la nena más buena, inteligente y hermosa del mundo. 

Se acercó a él, rodeándolo con sus brazos chiquitos y él la apretujó lo más que pudo, sosteniéndola cerca de su corazón. Le besó el cachete repetidamente. 

—¿Me prometes que vas a volver?—susurró en su oído. Manuel tuvo que tomar aire para no largarse a llorar.

—Si, pimpollo. Siempre.—le acarició el cabello con su mano libre—Son unas horitas no más, y después papi te va a venir a buscar y vamos a ir a visitar a Santi. ¿Me prometes que vas a intentar hacer algún amigo? 

Se separaron, así podía verle la cara. No lloraba, pero su sonrisa preciosa se había borrado de su rostro. Cuando asintió levemente, Manuel le besó la frente. 

—Estoy muy orgulloso de vos. Te amo. 

—Te amo—dijo, mientras tomaba la mano que le ofrecía la profe y se aventuraba dentro del aula, por primera vez. 

Manuel salió del colegio con lágrimas en los ojos, y se rió pensando en lo que diría Santiago: “Es trolazo el Emo”. Aunque bien sabía el morocho, que el padrino de su hija sería el primero en llorar junto con él. Se encaminó a su casa tranquilo, listo para llegar y ponerse a trabajar. 

Poco se imaginaba que del otro lado del colegio, un padre muy apurado buscaba estacionamiento lo más rápido posible. Una canción de Katy Perry sonaba en la radio y su hija cantaba con emoción en el asiento de atrás. 

—La puta madre. 

—Papá, no digas malas palabras. 

Se sorprendió ante la reprimenda de su hija, sonriendo, viéndola a través del espejo retrovisor. Antonia le negaba con la cabeza con una mueca, mientras seguía cantando. 

—Perdón, che, señorita. 

Gracias a Dios, una persona abandonaba su lugar enfrente del colegio, por lo que se apuró a estacionar y bajar del auto. 

—Tarde, tarde, tarde, papi. 

—Sí, señora, ya vamos—dijo, mientras la ayudaba a bajar de su sillita y le tomaba la mano para cruzar la calle. 

Corrieron al aula despacio, Lautaro veía su reloj, sabiendo que estaban a 10 minutos de empezar la clase. No solía ser una persona impuntual, todo lo contrario, pero con el comienzo de clases, todo se había descontrolado un poco; Antonia estaba despierta desde temprano, con su uniforme perfectamente planchado, las medias hasta las rodillas y los zapatitos blancos que le había comprado Pilar el otro día, pero Lautaro había manchado su camisa con café y había desperdiciado al menos 15 minutos tratando de cambiarse mientras su hija se reía de él. 

Le sorprendía lo perfeccionista que era su hija, más aún considerando lo despelotado que era él. Tenía el traje mal puesto y la corbata sin ajustar del todo, y por no hablar de su pelo. Había pasado 30 minutos tratando de hacerle el peinado que quería a la pequeña rubia, y al final había logrado algo mínimamente decente. 

Antonia era angelical. Portaba unos grandes ojos marrones de cachorro, su pelo rubio lacio ahora le caía sobre los hombros, gracias a que en el comienzo del verano Pilar y ella habían ido por primera vez a la peluquería. Lautaro casi llora. Era delgada y bajita, pero para nada frágil; le encantaba jugar en el patio, correr por horas y horas con Aurora, la hermosa golden que le habían regalado para su cumpleaños número 4, que, obvio, estaba nombrada por la princesa favorita de su hija. 

Su ex mujer solía reír y decir que no sabía para que la había llevado 9 meses en la panza, si al final era igual a Lautaro. 

Cuando llegaron a la puerta del colegio, a Lautaro le pareció ver una silueta que reconocía alejarse. Miró extrañado, y cuando no vió nada, asumió que debía de estar alucinando; negó con la cabeza, tenía que dejar de pensar en eso, aunque era medio imposible, sabiendo que aquellos recuerdos de su otra vida vivían siempre en el fondo de su mente. 

La acompañó a la rubia hasta el aula, donde la profe Pato esperaba a todos los alumnitos de primer año de primaria. Se pararon un poco alejados y sin pensarlo dos veces, le pisó suavemente el zapato blanco a su hija. 

—Feliz estreno—le dijo,  riendo, mientras Antonia lo miraba con una cara que le podría llegar a dar miedo. Molestar a su hija era una actividad que disfrutaba de vez en cuando, cuando la pequeña necesitaba relajarse. 

—¡Papá, sos insoportable! Me manchaste todo mi zapato nuevo que me compró mamá—dijo, rápidamente pasando su mano por el cuero blanco, tratando de sacar la marca del zapato de su papá. 

—¿Cómo insoportable?¿A tú papá le decís eso? Vas a ver—dijo en cuclillas, acorralándola entre sus brazos, dejando besos por todo su rostro.

—Salí, pesado, pesado—dijo, sin tratar de escapar, con una sonrisa boba en su cara. 

—Ya sé que soy tu favorito, Toni, no tenés que mentir.—Antonia se rió todavía en sus brazos, dejando un besito en su mejilla.—Besito. 

La rubia unió sus narices, en un dulce beso esquimal, una tradición que compartían. Lautaro le acarició la cabellera igual a la suya:—Hace caso. A las 12 te vengo a buscar, piojosa. Te amo. 

Antonia se hacía la dura, pero detrás de esa mirada de rebeldía y travesuras, llevaba una dulzura en su corazón que a Lautaro lo llenaba de orgullo. Era amable con todos, personas y animales, educada y extremadamente sabia; el rubio sentía que su hija tenía un alma más vieja que la suya, lo cual era díficil de decir. Tenían una relación bastante apegada, Antonia y él se entendían de formas que no lo hacía con Pilar o con ninguna otra persona, y era gracias a eso, que Lautaro seguía a flote. 

—Te amo—dijo, mientras se alejaba y saludaba de vuelta a la profe—¡Acordate del helado que me prometiste!

Se rió mientras se alejaba, pensando que nunca iba a escapar de los encantos naturales de su hija, ni mucho menos de sus reclamos. Se acomodó la corbata y volvió al auto, dispuesto a, por fin, dirigirse al trabajo. 

 

… 

 

Contrario a esa mañana, el rubio llegó temprano a la salida del colegio. Se acercó otra vez al aula, donde se encontró a Patricia, la profesora de su hija. 

—¡Hola! Vos sos el papá de Anto, ¿Lautaro, no? 

—Hola, sí, me dijeron que tenía que venir por hoy a esta hora. 

—Sí, sí, acompáñame. Los chicos están en el patio todos jugando, esperando a que los vengan a buscar. Solo por hoy, como es el primer día, les pedimos que vengan un poco más temprano así los chicos no se abruman. 

Conversaron trivialmente mientras la chica lo conducía por todo el colegio hasta el patio. Al llegar, había más padres y madres conversando, viendo como sus hijos jugaban y correteaban por el patio. Lautaro nunca había sido de las personas que interactúa mucho, al contrario de su hija, que parecía querer charlar con todo el mundo. 

—Anto es muy buena, se super integró con todos los compañeritos—dijo, mientras la buscaba con los ojos—Igual se amigó bastante con otra nena que es un poco solitaria, enseguida Antonia se quiso sentar con ella. Mira, están allá jugando. 

Le agradeció a la chica y empezó a acercarse a donde su hija y otra nena estaban sentada sobre el suelo, aparentemente enseñándole a jugar algún juego con las manos, ambas se rían cada vez que alguna fallaba y volvían a empezar. Sonrió, alegre de que Antonia hubiera hecho una amiga; aunque la rubia no tenía dificultades para relacionarse con prácticamente nadie, estaba seguro de que si su hija la había elegido, algo especial tendría. 

Chifló en su dirección, esperando a que Antonia lo reconozca. Ambas cabezas pequeñas se dieron vuelta hacia él, todavía tomadas de las manos. Lautaro se quedó petrificado en su lugar, la sonrisa que llevaba boba en sus labios lentamente desapareciendo, dejó de escuchar lo que pasaba a su alrededor y los gritos de los demás compañeros de su hija quedaron en silencio. Una mirada que conocía de memoria de clavó en él, extrañada. 

Como no reconocerla, si llevaba la cara de su padre. La misma nariz, el cabello castaño y oscuro le caía por la espalda en unas trenzas despeinadas, y sus ojos, de un verde brillante, se habían desvíado de su persona para mirar a Antonia, con una sonrisa grande en su cara, exactamente igual a como alguna vez Manuel lo había mirado a él. 

No supo qué hacer, ni qué decir ni cómo reaccionar. Solo se quedó ahí, observándolas sonreír y reírse en la burbuja que tan rápido habían formado, así como ellos lo habían hecho 6 años atrás. 

Suspiró, no sabiendo cómo seguir. Una vez Manuel le había dicho; 

Gordo, nosotros siempre nos vamos a volver a encontrar. 

Que maneras raras tenía la vida de darle la razón.