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Detras de la cortina blanca

Summary:

Al ser el encargado de la enfermería, Hirose tiende a preocuparse mucho por la salud de sus compañeros, más por la salud de cierto pelinegro, el cual ha estado actuando muy extraño últimamente.

 

–Nakamura… ¿e-eres omega?

Notes:

Primera historia que hice en mi vida!! Asi que si notan algo raro es q soy principiantw,,,
HISTORIA CON SOLO EL POV DE HIROSE(a menos q quiera escribir mas)

Chapter 1: Feromonas

Chapter Text

Hoy era un día bastante común. Logré despertarme justo a tiempo gracias a que mi hermana apareció con el desayuno en las manos. Comí, me arreglé rápido y salí rumbo a la escuela.

Era verano en Japón, y la brisa cálida se sentía en el aire. Los chicos llevaban camisas ligeras y las chicas usaban faldas cortas, pero, aun entre toda esa gente, alguien siempre lograba destacar en mi mirada: Nakamura.

Desde que lo conocí en la ceremonia de bienvenida, algo de él me atrajo de inmediato. Parecía una persona serena, tranquila, seria y… cool. Muy cool.

En ese momento me di cuenta de que tenía un tipo muy específico: me atraían las personas con un aura genial y diferente.

Me le quedé viendo durante unos segundos antes de saludarlo. Había algo extraño en él esa mañana. Se veía distinto a lo habitual, casi frágil, como si estuviera intentando mantenerse de pie solo por costumbre. Su piel clara tenía un tono más pálido pero sonrojado de lo normal y las ligeras sombras bajo sus ojos negros y filosos hacían que pareciera agotado. Incluso su cabello negro, siempre desordenado de esa manera tan naturalmente encantadora, lucía más revuelto que nunca, pegándosele un poco a la frente por el calor sofocante. Y eso era no era tan raro, considerando que afuera hacían casi cuarenta grados a la sombra.

Cuando levantó la mirada y notó que lo estaba observando, reaccionó de inmediato, algo nervioso, como si lo hubiera atrapado haciendo algo vergonzoso.

—Nakamura, buenos días —dije con una sonrisa que me salió casi automática.

Normalmente nunca llegaba a la escuela con buen humor. Las mañanas me parecían insoportables, aburridas, eternas… pero verlo a él hacía que todo se sintiera un poco más liviano. Mi pecho se apretaba de una forma extraña cada vez que nuestros ojos se cruzaban, y odiaba admitir cuánto me afectaba algo tan simple como su presencia.

—H-Hirose, hola… ¿cómo estás? Emm… ¿hiciste algo este fin de semana?

Su voz salió torpe y entrecortada, apenas un murmullo inseguro, como siempre suele hablarme. Bajó la mirada por un instante mientras acomodaba nerviosamente un mechón de cabello detrás de su oreja, evitando verme directamente. Se veía adorable intentando sacar tema de conversación conmigo, aunque claramente no sabía qué decir.

Ay, Nakamura… si supieras que no hice nada este fin de semana además de pensar en ti día y noche.

Sus ojos afilados, siempre tan serios, parecían más suaves cuando hablaba conmigo, y eso solo empeoraba las cosas. Quería quedarme mirándolo durante horas, incluso así, enfermo y agotado, el tenía algo…

—Nada fuera de lo normal —respondí soltando una pequeña risa—. Me quedé en casa todo el día, ¿y tú?

Nakamura tardó unos segundos en responder. Sus labios se entreabrieron apenas, como si estuviera pensando demasiado en algo tan simple, y por un momento creí notar cómo se tambaleaba ligeramente sobre sus pies. Ahí confirmé que algo no estaba bien.

—Yo… también me quedé en casa —murmuró y veo como empieza a sacudir el cuello de su camisa buscando sacarse el calor y un poco su vergüenza.

Sin decir nada más, comenzamos a caminar hacia nuestra aula. El silencio que se instaló entre nosotros era incómodo, al menos para mí. Nakamura caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo, como si estuviera demasiado cansado para hablar. De vez en cuando una leve brisa levantaba algunos mechones de su cabello negro y desordenado, dejando al descubierto su expresión apagada.

Intenté pensar en algo para seguir la conversación. Cualquier cosa.

Quería saber más de él.

Qué hacía cuando estaba solo, qué música escuchaba, qué le gustaba comer, qué era lo que leia tan atentamente en los recreos. Quería exprimirle hasta el más mínimo detalle personal.

Abrí la boca para decir algo, pero un grito insoportable interrumpió mis planes.

—¡HIROSE!

Antes de que pudiera reaccionar, alguien se abalanzó sobre mí por la espalda.

—¿Trajiste la revista que te pedí? ¿La de la chica sexy en bikini?

Takeuchi, hijo de puta.

Casi pierdo el equilibrio por la fuerza con la que me abrazó.

—¿Uh? —Takeuchi recién pareció notar que no estaba solo—. ¿Qué haces con el rarito este?

Sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba.

—¿Tú también quieres la revista? ¡Es mía! ¡Yo se la pedí primero!

Cada palabra que salía de su boca empeoraba la situación.

Takeuchi me apretó aún más fuerte mientras se reía como un imbécil. El calor ya era insoportable desde temprano y aquel contacto pegajoso solo empeoraba las cosas.

Lo peor de todo era Nakamura.

Podía sentir su mirada sobre nosotros.

Levanté los ojos y lo vi observándonos en silencio. Sus ojos negros parecían más oscuros de lo normal, ocultos bajo el flequillo despeinado que caía sobre su frente. Su expresión era difícil de leer, pero por alguna razón sentí un desagradable nudo en el estómago.

—Aléjate, estás todo sudado —gruñí, empujándolo con evidente asco.

—¿Y? ¿La revista?

Takeuchi comenzó a mover las manos delante de mí como si estuviera pidiendo limosna.

Qué tipo más insoportable.

—¡Ya te dije que no tengo esas cosas!

Intenté ignorarlo y entré al aula. Sentía una vena latiéndome peligrosamente en la frente.

—¡Hiroseee! ¿Cómo que no la vas a tener?

Intentó colgarse de mí otra vez, pero lo aparté de un empujón antes de que pudiera tocarme.

—Ya déjalo en paz, Takeuchi.

La voz de Mukai resonó desde el fondo del salón.

Sujetó a Takeuchi por el cuello de la camisa y lo arrastró hacia atrás sin el menor esfuerzo.

—¡Eh, suéltame!

—Estás molestando desde primera hora de la mañana.

—¡Pero la revista!

—Nadie quiere escuchar sobre tu revista.

Algunos compañeros soltaron pequeñas risas.

Aproveché la distracción para mirar hacia donde estaba Nakamura.

Ya se había sentado en su pupitre.

La luz brillante de la mañana iluminaba su piel pálida. Apoyaba una mano sobre su mejilla mientras observaba el libro de texto de lengua muy atento.

No se había reído.

Ni una sola vez.

Y por alguna razón, eso me preocupó más que cualquier otra cosa.

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La clase transcurrió como cualquier otro día.

Takeuchi seguía lanzando chistes sin gracia que solo él encontraba divertidos, Mukai presumía en voz alta sobre las cinco chicas con las que, supuestamente, había salido al mismo tiempo, y la voz monótona del profesor Otogiri resonaba en el fondo del aula mientras explicaba el nuevo tema que entraría en el próximo examen.

Normalmente habría ignorado todo aquello.

Pero mi atención estaba puesta en otro lugar.

De vez en cuando levantaba la vista de mi cuaderno para observar a Nakamura desde mi asiento. Seguía viéndose mal. Demasiado mal.

Su postura estaba más encorvada de lo habitual y apenas prestaba atención a la clase. Tenía la cabeza apoyada sobre una mano, mirando fijamente su pupitre como si le costara mantenerse despierto. Cada tanto cerraba los ojos durante unos segundos antes de obligarse a abrirlos de nuevo. 

Entonces lo percibí.

Un aroma suave llegó hasta mí.

Jabón limpio.

Pasto mojado después de la lluvia.

Y algo más.

Algo cálido y dulce que hizo que mi corazón diera un pequeño salto.

Parpadeé confundido.

Ese olor inundó mis fosas nasales y se volvió cada vez más intenso.

Esto es raro...

¿Alguien entró en celo?

Mi espalda se tensó inmediatamente.

Comencé a mirar alrededor con preocupación. Si realmente era eso, podía convertirse en un problema serio.

No fui el único en notarlo.

Varias cabezas se levantaron de golpe. Algunos alumnos intercambiaron miradas nerviosas mientras otros intentaban identificar de dónde provenía aquel aroma.

Entonces mis ojos se posaron sobre Nakamura.

Estaba apoyado sobre su pupitre.

Temblando.

Su respiración parecía irregular y sus hombros subían y bajaban con dificultad.

Sentí que la sangre se me congelaba.

Esto es grave.

Me levanté tan rápido que mi silla raspó el suelo con un chirrido estridente.

—¡Profesor Otogiri! —interrumpí sin pensarlo—. Nakamura no se ve muy bien. ¿Puedo llevarlo a la enfermería para que lo revisen?

Toda la clase giró la cabeza hacia nosotros.

Otogiri observó a Nakamura durante apenas unos segundos antes de fruncir el ceño.

La preocupación apareció de inmediato en su rostro.

—Ve rápido.

Ni siquiera esperé más.

Caminé hasta el pupitre de Nakamura y me agaché junto a él.

—Nakamura...

Al escuchar su nombre, levantó apenas la cabeza.

Su cara estaba completamente roja.

Pequeñas gotas de sudor resbalaban por su frente y se perdían entre los mechones negros y desordenados que se pegaban a su piel. Sus ojos oscuros estaban empañados por las lágrimas y parecían incapaces de enfocar correctamente.

Se veía exaltado.

Vulnerable.

—Vamos, te llevo a la enfermería.

Pasé un brazo alrededor de su cintura para ayudarlo a ponerse de pie.

Su cuerpo tembló apenas cuando lo sostuve y por un instante sentí cómo intentaba aferrarse a mi uniforme para no perder el equilibrio.

El aroma a jabón y pasto mojado se volvió mucho más intenso ahora que estaba tan cerca.

Demasiado intenso.

Mi cuerpo se tensa.

Esto es muy malo.

Demasiado malo.