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El dragón que se antepone al sol

Summary:

Jacaerys y Aemond por fin, por fin pueden decirle al mundo que se aman al conseguir autorización del rey Viserys I para casarse y claro que se celebraría un torneo en honor a semejante unión. Todo el reino se ha reunido en King's Landing para celebrar junto a la familia Targaryen-Velaryon la ceremonia del año, incluidos los Martell y un principe en especifico que es demasiado coqueto para la salud mental de Aemond Targaryen.

Notes:

¡Hola! Hace unos dos años había publicado una serie de os para un evento Jacemond que nunca terminé (sigue sin esta terminado y ya me rendí con ello), lo borré, pero en mi canal alguien me pidió resubirlos y, bueno, aquí está la primera parte ヾ(≧▽≦*)o

Work Text:

El pueblo de Kings Landing despertó con la grata noticia de un nuevo compromiso real: el Príncipe Aemond Targaryen, segundo hijo alfa del rey Viserys I, estaba ahora prometido al Príncipe Jacaerys Velaryon, omega primogénito de la heredera el trono, Rhaenyra Targaryen.

La noticia no fue una total sorpresa para muchos, en especial para aquellos que ya habían escuchado los rumores sobre su relación. Se decía que ambos príncipes se reunían en secreto para profesar su amor y que en más de una ocasión hubo algún afortunado fisgón que los vio volar sobre el mismo dragón. También se rumoreaba por la fortaleza que el príncipe Aemond había sobornado a un guardia para que lo dejara traspasar la habitación del omega en una de sus noches de celo, asegurando de ser él y solo él quien se quedara con su virtud.

La noticia también trajo consigo decepción para todos aquellos alfas que esperaban tener la oportunidad de cortejar al omega más codiciado en los siete reinos, pero puede que algunos no se sintieran tan desalentados.

Viserys había decidido organizar todo un festejo por el compromiso de su hijo y su nieto, a pesar de la avanzada enfermedad que solía postrarlo en cama a veces por días, estaba bastante entusiasmado con ver la boda realizarse, era como si supiera que tenía los días contados.

Si bien Aemond estaba feliz de por fin poder hacer pública su relación, no le agradaba la idea de un montón de alfas revoloteando sobre su prometido, justo como lo hacían ahora.

Faltaban pocos días para la celebración, casi todas las personas importantes estaban ya en la capital y justo ahora Jace recibía al alfa Guardian del Norte, Lord Cregan Stark. Lo había llevado al gran jardín para ofrecerle algo de comer y beber, como el buen anfitrión que era, mientras Aemond los observaba desde la ventana de su habitación, cauteloso a cualquier movimiento.

−Alguien está molesto—escuchó una voz a sus espaldas—Estas consciente de que mirarlo fijamente no hará que regrese al norte, ¿verdad?

Su hermano Aegon se burlaba de sus celos con una sonrisa y actitud divertida.

−No sé de qué hablas—se defendió el alfa.

−Ay por favor, podría oler tus celos incluso si me encontrara en Essos, ¿por qué no bajas y marcas tu territorio?—sugirió con un baile de cejas que solo incrementó la ira de Aemond.

−No necesito hacer nada, Jace será mi esposo, todos lo saben.

−Un matrimonio nunca ha sido impedimento para la diversión. Quizás Cregan respete su matrimonio, pero me temo que los Dornienses no son tan honorables como los norteños.

Al parecer, su hermano no venía más que a jugar con su cabeza.

−¿De qué está hablando? –preguntó Aemond.

−Del príncipe de Dorne—irrumpió su hermana Helaena, entrando a la habitación—¿De quién más?

La mención tan especifica de esa persona puso en alerta todos sus instintos territoriales, casi como si deseara gruñir.

−¿Quién lo invitó? ¿Cómo se atreve a venir aquí?—cuestionó Aemond a la defensiva.

−Nuestro padre de seguro ordenó invitar a todo el reino, no me sorprendería ver incluso a la Guardia Nocturna en el banquete.

Aemond no se rio junto a sus hermanos y puede que, aunque estuviera de buen humor tampoco se hubiera reído, pero esta seriedad era diferente y sus hermanos la conocían muy bien.

No era secreto para nadie en la familia que el príncipe Arlon Martell, un beta sencillo y sin nada de especial, en más de una ocasión intentó poner a Jacaerys bajo sus encantos, cosa que quizás hubiera funcionado si Aemond no estuviera desde un principio en la vida de Jace.

La verdad es que nada había sido la gran cosa, Arlon le regaló flores y recitó poemas la primera vez que visitó King’s Landing para un torneo, cosas que nadie nunca se atrevió a hacer por decoro y prudencia, pero como bien dijo Aegon, los Dornienses no eran como los demás.

Siempre detestó a Arlon, desde el momento en que puso un pie cerca de Jacaerys y elogió su belleza, supo que no era de fiar, pero muy probablemente, odiaba más el hecho de que él si podía expresar sus sentimientos. Jacaerys lo rechazó en cuanto comprendió que sus intenciones no iban solo guiadas por la cortesía y el deseo de generar una amistad diplomática, pero a Aemond eso no le importaba.

Las risas provenientes del jardín le hicieron regresar la vista a donde su futuro esposo y su mejor amigo compartían un momento agradable, la sonrisa de Jacaerys era preciosa y genuina, el corazón de Aemond no pudo evitar palpitar por él.

Pero, cuando pensaba en el maldito príncipe de Dorne, sentimientos oscuros también avivaban en él. Por fin había conseguido lo que por años había anhelado y no iba a permitir que nadie se interpusiera en su camino.

 

 

 

Jacaerys regresaba a sus aposentos después de un largo último día de preparativos para la celebración de su compromiso. Normalmente no le gustaba hacerse cargo de esas cosas, pero en vista de que su abuelo había insistido, que no confiaba en las decisiones de la Reina Alicent y que, no podía evitar emocionarse al tratarse de su unión con Aemond, estaba disfrutándolo enormemente.

Pero había algo que aún lo inquietaba y era el hecho de que no había visto a su prometido en todo el día y eso solo podía significar una cosa: algo le molestaba.

Cuando eran niños, Aemond solía ignorarlo todo el día si estaba molesto, a veces ni siquiera estaba enojado con él, pero tenía la mala costumbre de encerrarse en sí mismo para que Jacaerys no notara sus sentimientos, por lo que no se sorprendió de que, al entrar a su habitación, su futuro esposo no se levantara de su escritorio para recibirlo.

−¿Ocupado? –preguntó el príncipe Velaryon al acercarse lentamente.

−Un poco—respondió sin mirarlo, con los ojos puestos sobre el papel— ¿Necesitas algo?

Antes, Jacaerys se molestaba de sobremanera cuando Aemond actuaba de esa forma, como si no le importara, pero ahora sabía que lo único que debía de hacer era preguntar, y poco a poco su amado se expondría a él como un libro abierto.

Issa jorrāelagon, skoros's bē? Issi ao vēdros rȳ issa? (Mi amor, ¿qué pasa? ¿Estas molesto conmigo?)

Aemond sabía que no podía seguir pretendiendo que nada pasaba, así que después de un largo suspiro y que sus hombros se relajaran, finalmente miró a su futuro esposo y no dudó en tomar su mano para hacerle saber que estaba bien.

-Bisa emagon daorun naejot gaomagon rūsīr ao (Esto no tiene nada que ver contigo, lo juro)—sus dedos se entrelazaron y jaló de Jace para sentarlo sobre sus piernas, tenerlo cerca siempre lo hacía sentir mejor—Solo me sentía un poco abrumado, por tanta atención y, tantos invitados.

−¿No te alegra que nos vayamos a casar? –preguntó el castaño un poco asustado.

−Por supuesto que sí—aclaró rápidamente, apretándolo un poco más contra él—Es solo que, pasamos tantos años escondidos y, que todo el mundo lo sepa y hable al respecto… Es extraño.

Jace lo entendía a la perfección, era curioso como pasaron años deseando gritarle al mundo entero que se amaban, que se pertenecían el uno al otro, pero ahora que por fin ha sucedido, extrañan la privacidad que el secreto les otorgaba.

−Solo será por unos días—prometió Jace—Y después, podremos volver a ser solo tú y yo.

El rostro de Aemond se iluminó de la emoción, volviéndolo increíblemente tentador. Aemond no contuvo sus ganas de besarlo y saboreó sus labios con deseo. Jacaerys le correspondió enseguida, sin pensarlo ni un poco, pues ya no existía el miedo de ser descubiertos. Aemond se aventuró a mover sus manos por sus preciosas piernas, pero antes de que pudiera llegar a donde realmente quería, fue detenido.

−Prometimos esperar hasta la boda—le recordó Jacaerys, mordiéndose el labio inferior.

−No nos detuvimos cuando era un secreto, ¿por qué parar ahora que todos lo saben?

Aemond se inclinó para llevar sus labios a su cuello, sintiendo como la piel de su omega se erizaba ante su tacto. Si cerraba los ojos, podía recordar con exactitud la primera vez que lo hizo suyo, en una de las torres separadas del castillo.

−Príncipes—se escuchó que tocaban en la puerta—La reina Alicent está aquí.

De inmediato se pusieron de pie y acomodaron su ropa para pretender que nada estaba ocurriendo. Aemond retomó la carta de felicitación de su hermano Daeron, quien llegaría en pocos días y Jacaerys pretendió leer un libro de uno de los estantes detrás de Aemond.

−Altezas—les saludó la reina, fingiendo que el aroma impregnado en la habitación no los dejaba en evidencia—La casa Martell de Dorne ha llegado y el rey solicita que ambos estén presentes para recibirlos.

Aemond estaba seguro de que eso solo era un excusa para no dejarlos solos. Pensó en negarse, pero Jacaerys se le adelantó en la puerta, emocionado por recibir a otro amigo para su boda.

Los tres caminaron a la sala del trono, donde Viserys ya se encontraba estrechando la mano del príncipe Arlon. El joven príncipe había crecido, ahora su altura era casi la misma que la de Aemond, a comparación de cuando era solo un adolescente; su piel bronceada por el sol les daba un brillo dorado a sus pómulos y sus cabello negro como la tinta resaltaba sus ojos verdes, sin duda eran un toque adicional a su belleza.

−Majestad—saludó cortésmente a la reina—Que gusto volver a verla, se ve tan joven y hermosa como siempre.

Alicent le respondió con una sonrisa, encantada con la galantería del príncipe, quien de inmediato se giró a felicitar a los novios, pero sus ojos no pudieron ver a ningún otro lado una vez se encontraron con los de Jacaerys.

−Mi príncipe—se inclinó sin dudarlo y extendió su mano para besar la de Jacaerys—Es un honor y privilegio poder volver a verlo. Se ve tan encantador como en mis sueños.

Aemond dio un paso al frente, listo para propinarle un buen golpe a su invitado, pero la mano de su madre lo tomó sutilmente del brazo y lo regresó a su lugar, todo sin borrar la sonrisa de su rostro.

−Príncipe Arlon, bienvenido—respondió Jace con cordialidad, pero manteniendo su distancia—Nos alegra que decidiera asistir al torneo, no es así, ¿alfa?

El titulo definitivamente ayudó a que el ego de Aemond se fortaleciera y rápidamente sacó el pecho y estiró los hombros, listo para pavonearse y dejar que su aroma rodeara a Jacaerys como un manto protector. Ahora, debía concentrarse en hacer lo posible para mantener las apariencias, entendiendo que, si no lo iban a dejar golpearlo, había otras cosas que podía hacer, como dar ese paso más cerca de Jace y colocar su mano alrededor de su cintura, pegándole más a él.

−Bienvenido, príncipe, espero disfrute la estadía en King’s Landing y por supuesto, nuestra boda.

Arlon sonrió, entendiendo a la perfección lo que Aemond estaba haciendo y en vez de encontrar disgusto o enojo en el alfa que trataba de robarse a su omega, le pareció ver destellos de diversión.

 

 

 

El segundo día del torneo estaba por comenzar y los caballeros que pasaron a la segunda ronda estaban preparándose. Nadie se sorprendió cuando el día anterior, el príncipe Aemond Targaryen venció a Loreon Lannister, hijo de Jason Lannister. Lo que no sabían es que el mismo Príncipe consorte, Daemon Targaryen, le pidió el favor para enseñarle una lección al león después de encontrarlo coqueteando con el segundo hijo de Rhaenyra, Lucerys Velaryon.

Aemond conocía a la perfección los celos del esposo de su hermana, amaba a todos sus hijos por igual y los protegería como si fuera suyos. A él realmente no le interesaba quien cortejara a sus sobrinos, pero aceptó la petición porque sabía que era mejor tener a Daemon de su lado.

Derrotó a todos los contrincantes que se le pusieron en frente, pues estaba decidido a ganar el torneo a como diera lugar para coronar a su prometido, como el omega del amor y la belleza.

−¿Ya puedes sentir la victoria? –preguntó Aegon cuando Aemond entró a su tienda.

−¿Qué haces aquí?

−Estaba aburrido en el balcón y quise venir a molestarte.

Aemond no dijo nada, pues Aegon parecía ser el que llevaba la conversación. Le estaba contando sobre los rumores que escuchó estando cerca de las omegas que acompañaban a su madre, le contó que Helaena pareció recibir una flor de una beta desconocida antes de que iniciara el torneo y que, al parecer, Daeron estaba planeando pedir la mano de Joffrey después de su boda, todo mientras le ponían su armadura.

−Es impresionante como todos ustedes caen por esos bastardos—comentó el mayor dando un sorbo al vino.

−Sabes que no puedes decir esas cosas—le reprendió Aemond, acomodando su cabello para que no le estorbara al momento de ponerse el casco—Al menos, ya no. Es mi futuro esposo de quien hablas.

Aegon sonrió en burla por las palaras cursis de su hermano y de su adorable intento por defenderlo, como si en su niñez no se hubieran insultado de peores maneras antes de descubrir sus verdaderos sentimientos.

−No lo decía con mala intención—se excusó Aegon, poniéndose de pie y listo para irse—Solo mira al príncipe Arlon, escuché que pedirá el favor de Jace después de vencerte.

Aemond se giró bruscamente al momento de escucharlo, pero Aegon ya había salido corriendo de la tienda entre risas por su travesura. La rabia comenzaba a recorrer su cuerpo y casi parecía ver rojo a su paso.

−Mi príncipe, es su turno—escuchó al joven escudero detrás de él.

−¿Quién sigue? –preguntó Aemond— ¿Contra quién debo enfrentarme hoy?

La agresividad en su voz encogió al muchacho en su lugar, quien respondió tímidamente el nombre del príncipe de Dorne.

Aemond gruñó al salir de su tienda y se aproximó a paso acelerado hasta su posición. Su caballo lo esperaba y como si sintiera su impaciencia, pareció tratar de zafarse del mozo de cuadra. Al otro lado del campo, estaba el mencionado dorniense. Llevaba una armadura reluciente de color cobrizo con el escudo de su casa y montaba sobre un corcel blanco y pulcro, como si fuera una especie de príncipe de cuento.

El príncipe Targaryen miró un momento a las gradas y descubrió a su esposo con la mirada fija en él, hasta que Lucerys susurró algo en su oído y ambos desviaron la atención a Arlon. Jacaerys sonrió cubriéndose la boca, ocultando una sonrisa por lo que sea que Lucerys había dicho, pero Aemond lo vio sonrojarse.

La sola idea de que su omega pudiera estar pensando en otro le caló hasta los huesos. Salió casi disparado al ataque en cuanto dieron por iniciada la ronda.

−Ay no…

Rhaenyra volteó a ver a su hijo mayor al escucharlo. Al principio se veía emocionado de ver a su alfa competir, pero ahora se veía preocupado.

−¿Qué sucede, Jace? –preguntó su madre.

−Aemond está molesto.

Eso no era novedad, Aemond siempre se veía molesto, a excepción de cuando estaba con Jacaerys.

El estruendo del primer choque provocó exclamaciones en los espectadores. Aemond había roto su lanza contra el escudo de Arlon y por poco lo tira de su caballo, pero la fuerza de sus piernas lo salvaron.

−Madre, debes hacer algo o…

Otro golpe lo alertó, pero está vez, si hubo un caído. Aemond había perdido el equilibrio en un intento por ejercer más fuerza y peso sobre la lanza. El príncipe estaba en el suelo, aturdido y tratando de recuperar el aliento.

Jacaerys se levantó de su lugar preocupado, se inclinó para intentar ver a su prometido y a pesar de la distancia se notaba que había resultado herido.

−Mi príncipe—escuchó que lo llamaba Arlon.

El dorniense se desprendió de su casco, tenía unos mechones pegados al rostro por el sudor que le escurría por la piel dándole un toque caramelizado. Sonreía victorioso e inclinó su lanza hacia Jacaerys.

−Sería un honor para mí, que su alteza me concediera su favor. Al ser bendecido con tanta belleza, de seguro los Dioses me favorecerán si…

Antes de que pudiera terminar la elocuente frase que seguramente soltaría, Aemond lo tacleo. El príncipe Targaryen había aprovechado la distracción para ponerse de pie y al escuchar como descaradamente Arlon pedía el favor de su omega, las fuerzas le regresaron en un instante, dándole la suficiente energía para correr hasta él y derribarlo.

Aemond no se estaba preocupando por ser cuidadoso, no le importaba tampoco el hecho de que Arlon se había rendido ni mucho menos escuchaba a los escuderos que trataban de separarlos. Ese beta se había atrevido a poner sus despreciables ojos en lo que era suyo y le haría pagar por ello.

- ¡Aemond!

La voz de Jacaerys lo sacó de su frenesí. El omega estaba sumamente preocupado por la situación, se notaba en el semblante de su rostro y fue entonces que cayó en cuenta de sus manos ensangrentadas. Arlon debería de tener al menos la nariz rota y con el peso de Aemond encima suyo, comenzaba a dificultársele el respirar.

Finalmente se levantó, dejando el pobre beta herido en el suelo y con un recuerdo permanente de que Aemond, no era alguien con quien se pudiera bromear. Regresó hasta su tienda, donde arrojó su casco al primer escudero que se encontró.

−¡Largo! –gritó tratando de quitarse la armadura— ¡Todos, fuera de aquí!

Los presentes obedecieron sin cuestionar, huyendo despavoridos.

−¡Dije que se largaran! –gritó Aemond, cuando escuchó la carpa levantarse.

−¿Eso incluye a tu prometido?

Jacaerys estaba ahí, a tan solo unos pasos de él, luciendo una encantadora sonrisa y desprendiendo un aroma que trataba de calmarlo.

−Skoros massigon konīr? (¿Qué pasó allá fuera?)

−Skoro syt ȳdra daor ao epagon aōha jorrāelagon dārilaros? (¿Por qué no mejor se lo preguntas a tu querido príncipe?)

Con esa simple frase, Jacaerys confirmó sus sospechas. Siempre supo que Aemond era un alfa peligrosamente celoso y posesivo, pero eso nunca les había traído problemas como ahora.

−Sabes mejor que nadie quien es mi querido príncipe—dijo con voz dulce, mientras se acercaba a Aemond.

−Debí matarlo—maldijo con odio— ¿Cómo se atreve a mirarte de esa forma, a decir todas esas cosas? Le arrancaré la lengua…

La mano de Jacaerys se posó sobre el hombro de Aemond y este inmediatamente pareció relajarse con un simple toque. Jace se aventuró un poco más, pasando su mano por su pecho para aprisionarlo en un abrazo. Sentía su cálida espalda contra su pecho, el subir y bajar de su respiración, el palpitar descarriado de su corazón.

−¿Qué necesitas que haga para dejarte en claro, que solo te pertenezco a ti?

La pregunta junto con el suave beso que Jacaerys dejó sobre su espalda, comenzaba a calmar a la bestia. Sus manos acariciaban su pecho con paciencia y Aemond de pronto se vio envuelto en el aroma de su omega, pero necesitaba más.

Se dio la vuelta rápidamente y tomó a Jace por la cintura para subirlo a la mesa y besarlo con desespero. Sus labios se encontraron dichosos de volver a danzar y el cuerpo de Jacaerys reaccionó involuntariamente, abriendo sus piernas en un acto reflejo para que su alfa pudiera acomodarse en medio de él.

−Lo estabas mirando demasiado—le reprendió Aemond, mientras descendía a besos y mordidas por el rostro de Jacaerys—Miraste a otro hombre frente a tu alfa.

Las manos de Aemond revolotearon por todo el cuerpo de Jacaerys, presionaban la piel de sus muslos con fuerza y se restregaban en busca de una fricción liberadora.

−Eres mío, Jacaerys—proclamó Aemond, mientras le rasgaba la camisa de un tirón—Serás mi esposo, llevaras mi marca y cargaras a mis cachorros.

Sus palabras enloquecían a Jacaerys, la sola idea de ser marcado por el alfa sobre él, el sentir su semilla en el interior de su cuerpo, lo humedecía casi al instante. Podía sentir su propio lubricante mojar su ropa.

−Cuando salgamos de aquí—le dijo Jacaerys, quitando las partes de la armadura que faltaban y desabrochando el pantalón de Aemond sin dejar de verlo a los ojos, sintiendo la calidez de su miembro reposar en su mano—Tu aroma estará por todo mi cuerpo y nadie nunca dudará a quien le pertenezco.

La idea sedujo a Aemond más de lo que la simple existencia de Jacaerys lo hacía. El subir y bajar de su mano mientras estimulaba la erección de su alfa le hizo gruñir.

Aemond terminó de desvestir a su prometido, deslizó sus manos por toda su piel, arañó sus glúteos arrancándole varios gemidos y no dudó en arrodillarse por su futuro rey.

−Aemond—suspiró Jace ante la imagen, acariciando sus sedosos cabellos plateados.

−Prometí servirte, y ya que no pude entregarte la corona de flores, déjame enmendar mi error.

Jacaerys echó la cabeza hacia atrás en el momento en que el aliento de Aemond rozó su piel, enterró sus dedos en las hebras de su cabello cuando mordió el interior de uno de sus muslos y lanzó una plegaria a los Dioses en cuanto la boca del alfa engulló su virilidad hasta el fondo.

Aemond se regocijaba entre los gemidos y feromonas del omega al que le proporcionaba placer. El joven escurría placer por entre sus piernas por la excitación y fue imposible resistirse a ir más allá. Dos de sus dedos se encaminaron hasta su entrada, jugueteando por los alrededores, haciendo que Jace se retorciera de placer y meneara sus caderas sutilmente, empujándose un poco más dentro de la boca de Aemond, hasta que finalmente sintió la intromisión en su agujero.

−Oh, alfa—gimió en voz alta, sin poder contenerlo más—Aemond, estoy cerca…

Su propia erección goteaba ante las palabras de Jace, alzó la vista y mantuvieron el contacto visual hasta que Jacaerys se vino en su boca.

Las piernas le temblaron en el proceso, pero se sostuvo con fuerza de la mesa en la que estaba recargado. La manzana de Adán en la garganta de Aemond subió y bajó mientras se tragaba la semilla de su omega, relamiéndose los labios sin desperdiciar una sola gota.

−Voltéate—ordenó.

Jace obedeció sin cuestionar, Aemond separó sus piernas lo más que pudo y tomándolo con fuerza del cabello, lo inclinó sobre la mesa hasta que su cara tocó la fina madera. Olía al metal de las armaduras y armas que de seguro transportaron allí, el aire fresco se sentía entre sus nalgas expuestas y su piel picaba por los pellizcos y mordidas de Aemond.

−¿Qué pensaría el mundo si se enteraran, que el correcto príncipe Jacaerys se entregó como una puta a su prometido? Y antes de la boda. –se burló el alfa, colocando la punta de su miembro en la entrada de Jace.

Jacaerys intentó retroceder para por fin sentir el falo de su amante en su interior, pero fue detenido por una sonora nalgada como reprimenda.

−¿Tantas ganas tienes de que te tome? Así no es cómo se comporta un príncipe—la sonrisa en su rostro era magistral, estaba al borde de la locura por la vista—Quizás ese deba ser tu castigo, debería dejarte así, abierto y con las ganas, para que aprendas a no mirar a otros alfas.

Aemond dio un paso atrás, que no tenía intención de ser más que eso, pero Jace alcanzó a tomarlo de la muñeca y halo de él para volver a sentir su miembro entre sus glúteos escurridizos.

−Por favor—suplicó, derrochando su aroma para convencerlo—Prometo que seré bueno.

Aemond no necesitó nada más. Se inclinó para quitar los hermosos rizos que cubrían el rostro de su amado y dejó un par de besos sobre su hombro y espalda, antes de enterrarse en él de un solo tajo.

Jacaerys gimió sin poder evitarlo, pero Aemond vio el atisbo de una sonrisa en la comisura de su boca que lo puso más duro. Toda la tienda retozaba en gemidos y sonidos obscenos de sus cuerpos chocando, siendo solo escondidos por los gritos y celebraciones del torneo que continuaba a un poco distancia de ellos.

−Te gusta, ¿no es así? –preguntó Aemond, tomando a Jace por el cabello—El saber que, a tan solo unos metros, hay todo un grupo de gente que podría escucharte, pero aun así gritas de placer sin un poco de vergüenza.

Y tenía razón, pero Jace jamás había podido admitirlo en voz alta. La idea de ser descubierto, encontrado en tan desvergonzada escena, le provocaba un cosquilleo en las entrañas.

−Aemond—gimió tratando de pensar con claridad—Puedo…

−Oh no, aun no mi amor, resiste un poco más.

Cumpliendo con su promesa de ser un buen chico, retraso su clímax lo más que pudo, a pesar de que Aemond le decía cosas sucias al oído, a pesar de que había encontrado su punto sensible y golpeaba ahí repetidamente hasta hacerle poner los ojos en blanco, no se vino.

Apretó el miembro de su alfa en su interior, gritó de placer por las caricias que le doblegaban las piernas y sus uñas se clavaron con fuerza en la mesa que lo sostenía con todas sus fuerzas. Estaba al borde, casi delirando, con el aroma de Aemond por todo su cuerpo, con sus marcas por todos lados, sino se corría pronto, muy probablemente se desmayaría.

−Aemond—lloriqueo con algunas lágrimas escurriendo—Por favor, por favor…

−Jace, Jacaerys, que bien se siente estar dentro de ti.

−Me voy a venir… Yo, ¡no puedo más!

Aemond sonrió con malicia, se inclinó sobre su cuerpo sensible y con una mano libre comenzó a estimular su miembro, para después obligarlo a mirarlo y asentir con la cabeza. Jace relajó su cuerpo al instante, concentrado en las diversas sensaciones que lo estimulaban, fue cuestión de tiempo para que el orgasmo los arrasara a ambos, formando un nudo que ató sus cuerpos aun después de que Aemond derramó toda su semilla y esta escurrió del interior de su omega.

Jace temblaba efusivamente, los espasmos aún no se disipaban y agradecía que la fuerza de Aemond fuera suficiente para mantenerlos a ambos de pie o había caído al suelo en un instante.

−¿Crees que nos hayan escuchado? –preguntó Aemond, dejando besos por toda su espalda.

−Si los Dioses son misericordiosos, nos hemos vuelto a salvar.

−Ese príncipe de Dorne, crees que…

−No me importa ningún príncipe que no seas tu—le interrumpió Jace, sintiendo poco a poco como el nudo en su interior se deshacía—Puede que tenga una lengua floja y le falte vergüenza para medir sus palabras, pero yo ya tengo a mi alfa, no necesito más.

El futuro matrimonio compartió un beso, cargado más con consuelo y amor que de lujuria. Jace sabía que los celos de Aemond jamás desaparecerían, así como Aemond muy en el fondo de su ser, entendía que muchos alfa y betas codiciosos pondrían sus ojos en Jacaerys, pero mientras resolvieran sus problemas como en ese momento, era algo que los dos podrían sobrellevar sin problemas.

 

 

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