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El rey Viserys I Targaryen murió.
Contra toda lógica y protocolo, la noticia no se esparció por el reino, tampoco se le notificó a su heredera y única hija omega, quien residía con el resto de su familia en Dragonstone.
La ahora reina viuda, Alicent Hightower, después de años de predicar su deseo de que la decencia y el honor prevalecieran, usurpó el trono de su hijastra con ayuda de su padre, Otto Hightower. Ahora se encontraban en búsqueda de su hijo mayor y primer alfa de su matrimonio, Aegon, para coronarlo y proclamarlo el legítimo rey de los siete reinos, pero su hermano Aemond parecía tener otros planes.
Con ayuda de Criston Cole, recorrieron los burdeles favoritos del alfa prófugo, esperando encontrarlo antes que Otto y llevarlo ante su madre para convencerlo de aceptar la corona. Pero entre más tiempo les tomaba encontrarlo, más pensaba Aemond que sería mejor abandonar la búsqueda y quizás, sugerirle a su madre que, por primera vez, lo considerara a él en vez de a su hermano. Después de todo, él también era un alfa.
−Yo soy quien se ha entrenado con la espada, el hermano que estudia política, filosofía e historia, ¿por qué debe ser él quien se quede con todo? ¿Solo por qué nació primero? —cuestionó a Cole, cuando salían de otro burdel.
El guardia real entendía a la perfección sus sentimientos, pero él hizo un juramento y si su reina quería a Aegon, él se lo daría.
−No deberías envidiarlo tanto—respondió el capa blanca—Tu madre planea casarlo con el mayor de los bastardos de Rhaenyra.
La mención de su sobrino lo alertó, no solo porque no encontraba lógica en ello, sino porque más que un castigo, parecía un premio más que agregar a la lista.
−Un trato de paz—continuó Cole—Para apaciguar a la impostora.
Aemond sabía que detrás de esas palabras despectivas, se escondía el resentimiento de un beta rechazado que lejos de enaltecerlo, solo lo volvía más patético.
−Entonces, no solo tendrá la corona, sino también al omega más hermoso de los siete reinos.
Aemond se habría echado a reír, si no fuera porque el desagrado se superponía sobre su sarcasmo.
− “La nueva delicia del reino”—se mofó Criston—Lo admito, es lindo, se parece a su madre, pero eso no cambia que sea un bastardo. Una vergüenza para la casa Targaryen, igual que su madre.
El príncipe torció los ojos al escuchar un nuevo insulto hacia su media hermana, que, si bien podía no guardar un afecto hacia ella, tampoco la odiaba. Además, ella tenía algo que él quería, algo que llevaba queriendo desde hace mucho tiempo.
♦♦♦♦♦
Lucerys Velaryon regresaba de Storm’s End, después de una negociación exitosa con Lord Boros. Su madre tenía razón, era un hombre orgulloso y de temperamento fuerte, que en cuanto se le prometió una recompensa por su apoyo, recordó su juramento. Joffrey tendría que casarse con una de sus hijas, pero no era algo que no hubieran previsto con anterioridad.
La noticia de la muerte de su abuelo devastó a su madre y le costó la vida a su pequeña hermana, Visenya, pero, así como causó dolor, también llenó de coraje a Rhaenyra, el suficiente para cerrar todas las bocas que se atrevieran a suponer que, por ser una omega, no tendría el valor suficiente para ir a la guerra.
Él y arrax regresaban con cautela a través de la tormenta cuando de pronto, su dragón se mostró inquieto, gruñía y parecía querer desobedecer a su jinete a pesar de que este le comandaba calmarse y volar en línea recta. Fue en ese momento que una sombra, lo suficientemente grande para cubrirlos de la torrencial lluvia, le cortó la respiración.
♦♦♦♦♦
−Majestad—le llamó uno de sus guardias—El príncipe Lucerys ha regresado sano y salvo.
El rostro de la reina Rhaenyra se iluminó al instante y junto a su consorte corrieron a encontrarse con su pequeño, excepto que este no venía solo.
−¿Qué está haciendo él aquí?—cuestionó Daemon—¿Y por qué no está encadenado?
Aemond no esperaba menos del príncipe canalla, tampoco se sorprendió del cálido abrazo que madre e hijo compartieron al encontrarse. Rhaenyra puso a su hijo detrás de ella para protegerlo y tan rápido como supuso, tres guardias lo rodearon y apuntaron con sus armas.
−Traidor, ¿cómo te atreves a venir aquí?—le preguntó la reina.
−Solo intento enmendar un error, hermana—sin poder creer lo que sus ojos veían, Aemond Targaryen hincó la rodilla ante su hermana—Sé lo que nuestro padre quería y la infamia de la usurpación no es algo que me plazca llevar a mis espaldas.
Los capas blancas miraron a su reina, tan confundidos como ella. Esperaron ordenes, pero nadie se movió por un buen tiempo. No fue hasta que el príncipe Daemon avanzó que hubo algo que les dijera que esto realmente estaba pasando.
−Tienes el dragón más vivo grande de todo el mundo, pero en vez que quemar al imbécil de tu hermano o a la hipócrita de tu madre, vienes a nuestro hogar e hincas la rodilla tan fácil como un perro. ¿Realmente esperas que creamos que no quieres nada, más que hacer cumplir la palabra de mi hermano?
Aemond y su tío compartieron una mirada larga y tendida, como si pudieran leerse la mente. Había tantos parecidos en ellos, tantas similitudes en su personalidad, que por un momento sintieron que se veían al espejo. Uno era una versión más joven, un vistazo al pasado, mientras que el otro era una visión al futuro, un futuro prometedor y valioso.
−¿Y quién dijo que no quiero algo, tío?
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Había pasado mucho tiempo desde que Jacaerys consiguió la alianza con el Nido de las Águilas y ahora regresaba a casa con el norte como aliado. Encontró en Cregan Stark no solo al alfa integro y honorable que siempre se le dijo que era, sino a un partidario fuerte para el reclamo de su madre. Esperaba hacerla sentir orgullosa.
Palideció al instante cuando divisó a la gran Vhagar, descansando cerca de Dragonstone, imaginando solo lo peor. Después de rodear la isla varias veces y de no encontrar nada que le indicara peligro, descendió cauteloso para que los guardianes custodiaran su dragón.
−¿Qué sucedió, Sir Erryk? ¿Qué hace Aemond aquí?—preguntó preocupado.
−Bienvenido, mi príncipe. Por favor entre al castillo, es mejor que su Majestad se lo explique.
Con la mano sobre la empuñadura de su espada, Jacaerys caminó cauteloso hasta el gran salón de Dragonstone, donde fue recibido por un cálido abrazo de su madre, la mirada aprobatoria de Daemon y el aroma de Aemond, quien lo miraba fijo desde un asiento apartado.
−Escuchamos sobre tus logros, bien hecho mi muchacho—le felicitó Daemon.
−Gracias, padre, pero…
Sabían que no podían ignorar la situación mucho tiempo, pero no era un tema fácil de abordar.
−¿Qué está haciendo él aquí? ¿Acaso los verdes se rindieron?
−No hay cosa en este mundo que haga que las ambiciones de mi madre y abuelo se retracten—la voz de Aemond llenó el salón y el interior de Jace tembló—Ahora mi hermano pareció encontrarle amor al poder que le da la corona sobre su cabeza y la promesa que le hicieron al ponérsela.
La mano de su madre tomó la suya, pero a pesar de ser un gesto cariñoso que pretendía calmarlo, no lo consiguió, ni siquiera su dulce aroma le trajo la tranquilidad que usualmente le provocaba.
−Jace, mi hermoso cachorro; recibimos un cuervo, Alicent ofreció la paz a cambio de que… —no tenía fuerzas para decirlo, la sola idea la enfermaba.
−Quiere que tu madre renuncie al trono y a cambio, te dejará casarte con el usurpador de su hijo—interrumpió la voz de Daemon.
Jacaerys inmediatamente retrocedió, negando con la cabeza efusivamente y el pánico cubriendo su aroma a algo agrio y terroso.
−¡No puedes aceptar eso, madre!—gritó asustado—¡No puedes entregarme a ellos, no lo aceptaré!
No era justo, no era apropiado. Todos conocían los apetitos de Aegon, solo los Dioses sabrían lo que le haría de tener que compartir el lecho con él, o peor, de engendrar a sus cachorros.
−Nunca me cruzaría por la cabeza algo tan vil—le calmó su madre en un instante—No hay trono que valga lo suficiente como para sacrificar a mi propio hijo.
Jace sintió que respiraba de nuevo gracias a esas palabras, pero su tranquilidad no pudo asentarse bien en su cuerpo cuando recordó que Aemond seguía ahí, y aun desconocía el motivo.
−Mi hermano a reconocido las faltas de su familia, está de nuestro lado—continuó la reina—Los verdes creen que lo hemos tomado prisionero y juntos hemos ideado un plan para recuperar lo que es mío por derecho.
Alfa y omega intercambiaron miradas a lo largo del salón. Y Jacaerys no puedo evitar sentir que había algo más ahí, algo como una trampa, o peor, algo lo suficientemente tentador como para hacerlo creer que no existía tal cosa.
−Su majestad—le habló Aemond a su hermana—¿Me permite unas palabras con él? Creo que me corresponde a mi explicar la situación. Después de todo, fui yo quien lo propuso.
A pesar de la evidente negativa de Daemon, Rhaenyra le concedió su petición. Ahora, ambos príncipes se encontraban solos en el inmenso salón del trono de Dragonstone.
−Vas a ofrecerte a ti, ¿no es cierto? –preguntó Jacaerys—Tu, en lugar de tu hermano.
Aemond sonrió cuando comprobó que, en efecto, Jace era tan inteligente como se decía de él. Lo cual a sus ojos lo volvía un premio perfecto, ¿a quién le servía solo una cara bonita?
−¿No te parece una mejor opción?—comentó, caminando lentamente hasta él con las manos enlazadas en la espalda—Mi hermano se rehusó a aceptar la corona, al principio al menos. Pero cuando mi madre le dijo que podría tenerte, fue como si desde un inicio hubiera nacido para portarla. La idea de tener a la delicia del reino solo para él, la posibilidad de mancillar al preciado hijo de la hermana que por años le robó el cariño de su padre y la atención de nuestra madre, lo llenaron del valor suficiente para sentirse digno del trono de hierro.
Jacaerys sintió nauseas de solo imaginar su vida al lado del usurpador. Nunca había considerado la idea de pensar en su hermano en su lugar, pero, poniéndolo en perspectiva, Aemond era mil veces un mejor candidato que su hermano mayor.
−Así es como planeas asegurar la corona, inteligente—le reconoció el castaño.
−Me halaga, su alteza.
La falsa modestia le sentaba bien, de hecho, Jace estaba seguro de que era la primera vez que lo veía sonreír y debía admitir que era una linda sonrisa. Aemond, por su parte, no podía dejar de mirar esos delicados rizos y esos labios suaves a la vista y no pudo controlarse de imaginar su sabor.
−¿Por qué debería confiar en un alfa que es capaz de traicionar a su propia familia?—le confrontó Jace, manteniendo una distancia segura.
−Nuestra reina ha prometido perdonar la vida de mi madre y hermana, son las únicas vidas que me interesa proteger.
Había algo más que odio y ambición en ese ojo violeta que lo escrudiñaba con entusiasmo. El parche lograba cubrir gran parte de la cicatriz, aun así, era visible el daño, pero, por extraño que pareciera, Jace no se sentía asustado o intimidado por el presente, como muchos otros seguramente lo hacían. Se sentía curioso, tentado a dar un paso al frente.
−¿Por qué yo?—preguntó sin estar muy seguro del porqué—Tú me odias, ¿estás dispuesto a dejar ese desprecio por la remota posibilidad de una corona?
Aemond también se lo había cuestionado. ¿Qué tenía Jacaerys tan especial que no podría encontrar en otro omega? Él tenía el dragón más grande de todos, no le habría sido difícil pelear contra los de su media hermana, incluso pudo haber matado a Lucerys en Storm’s End tan fácil y rápido que no habría quedado nada de él, pero en vez de eso, lo siguió cuidadosamente hasta Dragonstone y se mantuvo lo suficientemente lejos para que su pequeño dragón no se asustara.
−Soy un segundo hijo, mis oportunidades de heredar algo son escasas, a diferencia de mi hermano, que, al parecer, haber nacido primero lo vuelve merecedor de un reino entero.
Ambos caminaban alrededor del otro, como dos animales salvajes que se encuentran en medio del bosque y deben decidir si el oponente es lo suficientemente grande como para marcharse y ceder territorio, o podrían pelear por supervivencia.
−Tu debes entender eso mejor que nadie—continuó Aemond, señalándolo de pies a cabeza—Llevas el apellido Velaryon, pero eso no te quita lo bastardo.
−Cuida tu lengua.
−¿Acaso miento, sobrino? Rechazaste el tejido y bordado de los omegas por una espada, para probar que, bastardo o no, alfa u omega, eres un Targaryen, un señor dragón que pelearía a muerte por su honor y el de su familia de ser necesario. Llevas años intentando hacer que el mundo vea que eres tan valioso y digno como cualquiera de nosotros, porque, muy en el fondo, aunque digas que no te importa lo que piensen, quieres probarles que se equivocan.
Nunca se había sentido tan expuesto como en ese momento, como si fuera un libro abierto, como si estuviera desnudo en medio del frio salón para que Aemond lo viera por quien es, por quien realmente era y no por el príncipe valiente que siempre quiso mostrarse.
Pero también lo vio a él.
Sus palabras no eran más que un reflejo de cómo se veía a si mismo a comparación de su hermano. Aegon nació primero, el primer alfa del rey, pero nunca le importó el arte de la espada, mucho menos el tomar un libro o siquiera aprender Alto Valyrio lo suficiente para honrar a su dinastía. ¿Por qué lo haría? ¿A quién debía probarle su valor, si su mera existencia hablaba por sí mismo? O al menos, eso es lo que el mundo entero siempre le dijo.
Aemond por su parte, pasó tanto tiempo desapercibido, tomado tan a la ligera, que él mismo buscó un dragón, no esperó a que le dieran uno. Y ahora busca una corona, una que se merezca a su portador.
−Convénceme.
El aroma de Jacaerys llegó hasta él como una oleada de calor, porque no solo era al príncipe al que debía de probarle su valor, sino al omega dentro de él.
−Tienes un dragón y el apellido correcto, eso te hace un buen candidato, pero ¿cómo sé que eres el alfa que necesito?
Aemond se sintió extrañamente excitado por sus palabras. El aroma de Jace era embriagador, suave y exquisito, como el más extravagante y lujoso de los vinos. No era empalagoso como la mayoría de los omegas, este era más fuerte.
Maravillado por el temple que Jacaerys había mostrado ante él, Aemond se movió casi hipnotizado hasta él para hincar la rodilla.
−Tu madre tendrá al dragón más grande que existe en este mundo, pero tú, Jacaerys, tú tendrás mi espada para pelear en tu nombre, para defender tu honor y dar mi vida por la tuya si me lo pides, mi príncipe.
Una mano gentil y cálida lo tomó del mentón para hacer que lo mirara a los ojos, dos ojos cafés tan hermosos y brillantes, que parecían leño encendido, para que nunca más conociera el frio.
−Te ofrezco mi corazón, para que sea tuyo hasta el último de sus latidos. Mientras viva, nadie nunca se atreverá a ofenderte o pronunciar calumnias a tu nombre. Mantendré tu cama caliente y todas tus noches serán seguras en mi lecho. Anudaré en tu interior para llenarte de mí semilla y tendrás a mis cachorros, tantos como los Dioses nos permitan. Lo único que pido a cambio, es tu mano.
Aemond había liberado su aroma hasta envolver a Jacaerys en él, haciéndolo sentir mareado del éxtasis que le provocaban sus palabras. Su respiración se encontraba agitada y le temblaban las manos.
−Seré tu esposo, tu omega—respondió Jace mientras Aemond se ponía de pie—La corona agradece tu apoyo y acepta tus condiciones.
Jacaerys planeaba dar por sentada la negociación en ese momento, darse la media vuelta y contarle a su madre que aceptaba a Aemond como su consorte, pero el alfa tenía otros planes.
Sus manos apresaron su cintura con agresividad y lo pegaron a su cuerpo, donde nuevamente fue prisionero de las feromonas de su futuro esposo. Su cuerpo entero sucumbió al deseo y casi de inmediato se humedeció al sentir su aliento en su oreja.
−Me temo que debo asegurar la promesa, eres demasiado valioso para darte solo por sentado—sus manos se deslizaron por todo su pecho y abdomen bajo, haciendo que el omega se restregara contra él en busca de más—Dioses, hueles delicioso…
Jacaerys inclinó la cabeza sin siquiera pensar en lo que estaba haciendo, solo sabía que el tacto de Aemond se sentía como lo que siempre necesitó en medio de sus celos.
−¿Q-Qué haces? –preguntó relamiéndose los labios, mientras Aemond hacia a un lado su cabello.
−Voy a sellar nuestro trato.
Jace vio por el rabillo del ojo como los colmillos de Aemond relucían y procedían a clavarse en su piel. El acto le cortó la respiración, pero en ningún momento luchó por apartarlo, al contrario, era como si su cuerpo buscara fundirse con el del otro hasta que no quedara nada de espacio entre ellos. Un fuego lo consumió por dentro, pero era un dragón y el fuego no es más que otro placer para él.
Aemond restregó su erección contra los glúteos húmedos de Jacaerys y se imaginó enterrándose en el medio de estos, pensó en cómo se sentiría ver su miembro hundirse en el interior del omega al que acababa de marcar, escuchar sus gemidos, saborear su sudor, que gritara su nombre.
Agradeció a los dioses de que Jace no tuviera escapatoria de él. Ahora era suyo, para siempre.
