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Summary:

Nakamura ama a Hirose.
Hirose no siente lo mismo.

Notes:

¡Volvi de las cenizas! para mis lectores en ingles, lamento no traerles una obra en su idioma pero intentare hacerlo lo mas claro posible para que funcione con el traductor.
Si eres un lector nuevo, te recomiendo leer esto con mucho cuidado.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Omens

Chapter Text

Si me preguntaran qué es lo que me hace levantarme todos los días, probablemente diría el nombre de Hirose Aiki.

Mi vida no tiene nada de especial. Soy un estudiante de preparatoria común que vive en Japón; no destaco en ningún deporte, arte o materia, y tampoco tengo muchos amigos. Por eso, paso mis días observando fervientemente la rutina de quien considero la persona más increíble del mundo. Hirose es el ciudadano modelo: carismático, amable, respetuoso, aplicado y bien parecido. Podría pasarme horas describiendo sus virtudes en comparación con las mías, que no son nada impresionantes. Creo que, por esa misma razón, nadie podría juzgarme si mi respuesta a aquella pregunta fuera su nombre.
Sin embargo, por algún motivo, Kawamura parecía haber escuchado la peor noticia de su vida.
Me observaba fijamente detrás de sus grandes lentes de montura gruesa y redonda, en los cuales se reflejaba mi rostro confundido. Movió los labios, intentando articular palabra, pero no emitió ningún sonido, desvió la mirada con una expresión complicada y se acomodó un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja, me recorrió un escalofrió.

 

—Yo... realmente no pensé que tus sentimientos hacia Hirose fueran tan… intensos —dijo ella.

 

¿«Intensos» era la palabra adecuada para describir lo que sentía? Me quedé quieto, contemplando el cielo brumoso a través de la ventana del pasillo. Era verano y las nubes cargadas anunciaban una tormenta; la perspectiva de la lluvia me puso nervioso, ya que había olvidado el paraguas en casa. Un carraspeo de Kawamura me devolvió a la realidad. Al mirarla, noté que su ansiedad iba en aumento; no dejaba de juguetear con su cabello y de empujar sus lentes sobre el puente de la nariz, aunque ya estaban bien colocados.

 

—¿Sucede algo, Kawamura? Si te sientes mal, puedo acompañarte a la enfermería —ofrecí, ansioso por disipar la creciente incomodidad.

—¡No, no es nada! ¡No te preocupes! —dio un pequeño salto hacia atrás, agitando las manos en una negativa exagerada.

 

Su actitud era desconcertante, pero ante su falta de explicaciones y mis ganas de escapar de la tensión, opté por asentir y prepararme para marcharme.

 

—Bueno, si eso era todo, tengo que ir a la última clase. Se me va a hacer tarde —le dije, forzando una sonrisa amable para calmarla.

 

Di media vuelta, pero antes de que pudiera dar el primer paso, el agarre repentino y tembloroso de Hifumi en la manga de mi uniforme me detuvo en seco.

 

—¡Espera, Nakamura! —exclamó. Su voz, usualmente tranquila, sonó como una súplica.—. Yo... en realidad te busqué porque quería decirte algo…. A-algo sobre Hirose.

 

Me giré, intrigado. El pánico en sus ojos me revolvió el estómago, está empezando a asustarme.

 

—¿Sobre Hirose? ¿Qué pasa con él?

 

Kawamura miró a ambos lados del pasillo, asegurándose de que estuviéramos completamente solos. Tragó saliva con dificultad y bajó la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible.

 

—Hace un momento, el profesor me pidió que llevara unos reportes a la sala de profesores —comenzó, apretando los puños contra su falda—. Yo…Yo realmente…no quería mirar, no fue mi intensión…Creí que era mejor decírtelo ya...ya que eres tan cercano a Hirose pero…pero yo… —Explico cada vez más temblorosa, supe que iba a llorar así que coloqué mis manos en sus hombros intentando calmarla. Ella tomó un largo respiro, siguió hablando. — Creo que el profesor Otogiri está….está abusando de Hirose.

 

La campana que anunciaba el inicio de la última clase resonó con fuerza en todo el edificio, interrumpiéndola bruscamente. El eco pareció despertarla de un trance. Kawamura soltó mi manga de golpe, aterrorizada por lo que acababa de confesar.

 

—¡Lo siento, olvídalo! ¡Tengo que irme! —gritó, retrocediendo de nuevo.

—¡Kawamura, espera! ¿De qué estás hablando? —le exigí, pero ella ya se había dado la vuelta.

 

La vi alejarse corriendo por el pasillo hasta desaparecer en la esquina. Me quedé solo en el corredor, con el sonido de los primeros goterones de lluvia chocando contra el cristal de la ventana y una opresión helada en el pecho.

Quiero vomitar.

 

_________________________________________________

 

El ruido de la lluvia azotando los cristales se convirtió en el único fondo sonoro, no recuerdo cómo caminé hasta el salón, ni en qué momento me senté en mi pupitre. Todo a mi alrededor se sentía extrañamente distante, como si estuviera sumergido bajo el agua, excepto por una cosa, la espalda de Hirose, sentado unas filas más adelante. La puerta del aula se abrió y el profesor Otogiri entró con su habitual expresión serena, cargando un portafolios de cuero gastado.
La sensación de adormecimiento no se iba, el maestro no tenía nada distinto a lo normal, su ropa, sus ojos, su cabello, mi mirada alternaba entre cada detalle incapaz de moverme, pero nada está fuera de lugar. Kawamura no pudo haberme mentido, quizás solo trataba de decir otra cosa, tal vez escuche mal.

 

—Buenas tardes a todos. Abran sus libros en la página 112 —anunció Otogiri, acomodándose las mangas de la camisa.

 

Mis ojos viajaron de inmediato a Hirose. Esperaba... no lo sé, una reacción. Un hombro tenso, una mirada baja, un rastro de incomodidad. Pero Hirose simplemente asintió con una sonrisa ligera, abrió su cuaderno y comenzó a tomar notas, se veía…bien, apacible como siempre. Tan pulcro. Tan bonito.
«¿Kawamura se habrá equivocado?», pensé, aferrando el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. «Tiene que haberse equivocado. Hirose está bien. Míralo».
Sin embargo, la duda ya había echado raíces en mi cabeza, y no iba a parar hasta obtener una señal. A mitad de la clase, Otogiri comenzó a caminar entre los pupitres mientras explicaba el texto. Cuando pasó al lado de Hirose, se detuvo un momento, el maestro colocó una mano sobre la esquina de su pupitre para apoyarse mientras hablaba.

¿Por qué se detenía justamente ahí?
¿Por qué la distancia entre ellos me parecía de pronto tan asfixiante?

Miré los dedos de Otogiri sobre la madera; aparecieron imágenes en mi cabeza, asfixia, llantos, demasiadas manos. Fijé la vista en el rostro de Hirose, buscando desesperadamente una grieta en su actitud. Noté que parpadeó dos veces seguidas. ¿Eso era una señal de nerviosismo? Vi cómo acomodaba su postura en la silla. ¿Le dolía algo? ¿Estaba incómodo por la cercanía del profesor?

Un sudor frío me recorrió la nuca. Estaba buscando pruebas donde no las había, hilando suposiciones absurdas basadas en el pánico de Hifumi, pero no podía detenerme. Ella se había ido sin darme más detalles y cosas como esa no se dicen a la ligera, es una chica tímida pero confía en mí, nos conocemos desde hace un tiempo, no me mentiría. ¿Entonces porque…?

 

—Nakamura. ¿Podría leernos el siguiente párrafo.?

 

La voz de Otogiri me sobresaltó. Levanté la mirada y encontré los ojos del profesor fijos en mí, no parecía enojado sino desconcertado, pero eso no evito que me sintiera peor. Me vino una oleada de náuseas. Miré de reojo a Hirose, quien se había girado un poco en su asiento para mirarme, él también estaba confundido, tragué saliva notando que estaba siendo demasiado evidente con mi actitud. Traté de disimular tomando el libro y empezando a leer lo mejor posible las letras temblorosas, en algún punto me desconecté porque al parpadear el profesor Otogiri dio por terminada la clase y salió del aula. Empaqué mis cosas con torpeza, tirando el borrador y un lápiz en el proceso.

Eché una última mirada hacia adelante. Hirose estaba guardando sus libros con la parsimonia de siempre, charlando alegremente con dos compañeros sobre el partido de básquetbol del fin de semana. Verlo tan ajeno al torbellino que destruía mi mente por dentro me dio una punzada en el estómago. Tenía que encontrar a Kawamura. Necesitaba respuestas ya, o me volvería loco. Salí al pasillo exterior y me topé con un muro de gente. Al ser la última hora y estar lloviendo a cántaros, los corredores eran un caos absoluto. El cielo se había teñido de un gris plomizo, casi negro, adelantando el anochecer de forma lúgubre. Las luces fluorescentes del techo titilaban, reflejándose en el suelo húmedo por los zapatos de los estudiantes.

 

—¡Con cuidado! —me gritó alguien a quien empujé sin querer, pero no me importó.

 

Me abrí paso entre el mar de uniformes marineros y sacos oscuros, estirando el cuello, buscando desesperadamente esos enormes lentes redondos o el cabello oscuro que Hifumi no paraba de retorcer entre sus dedos. El ruido era ensordecedor; risas, el chirrido de los casilleros al cerrarse, el rugido de la tormenta afuera y el eco de cientos de pasos apresurados por salir hacia la estación de tren. Casi al llegar a la entrada principal, cerca de los casilleros de los zapatos (getabako), la vi.

Estaba de espaldas, intentando ponerse su paraguas largo debajo del brazo mientras cambiaba sus mocasines. El corazón me dio un vuelco.

 

—¡Kawamura! —exclamé, corriendo hacia ella.

 

Al escuchar mi voz, sus hombros se tensaron de inmediato, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. No se giró. Apresuró el paso, cruzando el umbral hacia la salida techada, dispuesta a abrir su paraguas y perderse en la tormenta.

 

—¡Kawamura, espera, por favor! —la alcancé justo antes de que pisara el suelo mojado del patio, tomándola suavemente de la muñeca.

 

Ella tiró de su brazo con brusquedad, soltándose de mi agarre, y finalmente me miró. Si antes tenía pánico, ahora parecía aterrada. Había demasiados alumnos alrededor abriendo sus paraguas, empujándose sutilmente para salir; el espacio entre nosotros se sentía peligrosamente público.

 

—Nakamura, te dije que lo olvidaras... —susurró con la voz rota, mirando de reojo a un grupo de chicas de primer año que pasaba junto a nosotros riendo— Por favor, vete a casa.

—¿Cómo quieres que lo olvide? —le reclamé en un susurro desesperado, di un paso hacia ella para que nadie más nos escuchara entre el estrépito de la lluvia—. Estuve toda la clase con Otogiri. Lo miré a él, miré a Hirose... Dime qué viste exactamente en la sala de profesores. Necesito saberlo.

 

Kawamura negó con la cabeza, abrazando su mochila contra el pecho como si fuera un escudo. Sus ojos, enormes detrás de los cristales de sus lentes, se llenaron de lágrimas que amenazaban con escapar en cualquier momento.

 

—No... no debí decir nada. Fue un error, Nakamura. Pude haber entendido mal, la luz era baja, yo... —su voz tembló violentamente—. No quiero meterme en problemas. Si alguien me escucha... si el profesor Otogiri se entera...

—Nadie se va a enterar, pero no puedes soltar algo así y pretender que no pasó nada —suplique, sintiendo cómo el frío de la tarde se me colaba por el uniforme—. Si Hirose está en peligro...

—¡Cállate! —me cortó en un jadeo ahogado, aterrorizada de que el nombre de Hirose resonara en el pasillo— Lo siento….yo…no quiero hablar de eso ahora.

 

Antes de que pudiera detenerla otra vez, Kawamura abrió su paraguas de golpe, cubriendo su rostro, y se lanzó corriendo bajo la cortina de agua pesada del patio. La vi convertirse en una silueta borrosa que se mezclaba con la multitud de paraguas negros y transparentes que marchaban hacia la salida de la preparatoria. Me quedé allí, de pie en el umbral, viendo cómo la oscuridad de la noche caía por completo sobre el patio. Las gotas de lluvia que rebotaban en el cemento me salpicaron la cara, pero apenas lo sentí. Estaba completamente solo, sin paraguas, y lo único que tenia de información era que lo que vio Hifumi había sido lo suficientemente traumático como para que actuara de esa manera.
El frío de las gotas salpicando mi rostro me sacó a la fuerza del estupor. Miré el patio vacío, luego la tormenta, y una realización terrible me golpeó el pecho, Hirose no ha bajado. Me había quedado parado junto a los casilleros el tiempo suficiente como para ver salir a casi todo el mundo. Vi pasar a los compañeros con los que Hirose hablaba hace un momento, pero a él no. Tampoco había visto la silueta alta y encorvada del profesor Otogiri cruzando el umbral hacia el estacionamiento.

Un presentimiento espantoso, visceral, se apoderó de mí.
Sin pensarlo, dejé caer mi mochila al suelo, junto a los casilleros, importándome un comino si alguien se la robaba. Ni siquiera me molesté en cambiarme los zapatos de exterior; mantuve puestos los mocasines de la escuela y di media vuelta, corriendo pasillo adentro. Mis pasos rápidos apenas hacían ruido sobre el linóleo, apagados por el rugido ensordecedor de la tormenta que golpeaba los muros exteriores del edificio.

La preparatoria a oscuras se sentía como un lugar completamente distinto. Las luces del pasillo principal ya se habían apagado, dejando el lugar en una penumbra grisácea, rota únicamente por los destellos intermitentes de los relámpagos a través de las ventanas. Subí las escaleras de tres en tres, evitando las aulas de nuestro piso; intuía que, si algo estaba pasando, no sería en un lugar evidente. Me dirigí hacia el ala este, el viejo edificio de laboratorios y salas de preparación que casi no se usaba a última hora, y menos en un día de tormenta. El aire allí se sentía más denso, cargado de humedad y olor a madera vieja. De repente, me detuve en seco.

Al fondo del pasillo, la puerta de la sala de preparación de Biología estaba entornada. Una fina línea de luz amarillenta cortaba la oscuridad del suelo. Caminé con el corazón desbocado, pegando la espalda a la pared, midiendo cada milímetro de mis movimientos. No emití ningún sonido. Ni una respiración fuerte, ni el roce de mi uniforme contra el muro. El miedo me había convertido en un fantasma, al llegar a la rendija de la puerta, me asomé. El estómago se me cayó a los pies.

La sala estaba en penumbras, iluminada solo por una pequeña lámpara de escritorio. El sonido de madera crujiendo bajo el peso de ambos cuerpos encima rompía el silencio, el torso de Hirose se movía bruscamente sobre la mesa de disección, no podía ver su rostro ya que estaba oculto tras sus brazos que cubrían su cabeza para amortiguar los sonidos que parecían suaves suplicas. Detrás suyo, con la camisa desabotonada, el pelo desordenado, los pantalones abajo estaba embistiéndolo el profesor, apretando su cuello contra la superficie dura pareciendo totalmente perdido en su mundo. Los chapoteos se intensificaban junto al temblor de los hombros de Hirose que con cada minuto parecía que temblaba aún más, estaba boca abajo con el trasero levantado siendo penetrado con fuerza por Otogiri.
Vi cómo los dedos del profesor se deslizaban por la espalda de Hirose, bajando lentamente hacia su cuello, rozando el borde del cuello de su camisa, y finalmente sujetando sus mejillas, me vi incapaz de hacer algo. Tenía que entrar, sabía que debía de gritar o moverme, pero finalmente pude ver la expresión de Hirose y su reacción me paralizo. No gritó. No intentó apartarse. Simplemente cerró los ojos, apretando los puños sobre la desgastada mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos, aceptando el contacto con una resignación silenciosa, su rostro estaba contraído en una mueca de dolor con las mejillas manchadas de restos de lágrimas.

 

— Aiki…Eres un muy buen niño para tu profesor. –Jadeo, impactando sus caderas desnudas una vez más contra las de Hirose, haciéndole soltar un quejido.– Di que me quieres dulzura. Di que quieres mi verga.

— Y…Yo —Dijo con dificultad, apretando los labios magullados en una mueca, estaba esforzándose por formular alguna palabra incluso a través de los sollozos. — Yo…quiero tu….verga

 

Me quedé estático, oculto en las sombras del pasillo, mirando a través de la rendija mientras mi razon de levantarme todos los días era violado en una mesa sucia como si no fuera nada más que un objeto. Me incline sobre mis rodillas, apoyando mi frente en la fría pared de al lado, sintiendo las lágrimas precipitarse de forma incontrolable porque, a pesar de todo, tenía una jodida erección.